28 de octubre de 2026
Medio Ambiente

Puente de Beringia: el plancton del Ártico guarda su fecha

Puente de Beringia: el plancton del Ártico guarda su fecha

Si alguna vez estudiaste en el colegio cómo llegaron los primeros pobladores a América, seguro que viste el mapa: una flecha que sale de Siberia, cruza una franja de tierra donde hoy está el estrecho de Bering y baja hasta Alaska. Esa franja es el puente de Beringia, una llanura que quedó al descubierto cuando el hielo de la última glaciación retuvo tanta agua que el mar bajó unos 130 metros respecto a hoy. Hoy, entre los dos continentes solo hay un canal de 53 metros de profundidad. Lo que el mapa nunca contaba es cuándo apareció ese paso, ni cuánto tiempo estuvo abierto.

El puente es más joven de lo que se pensaba. Un equipo de la Universidad de Princeton y de la Universidad de California en Santa Cruz, encabezado por Jesse Farmer y con Tamara Pico como autora de correspondencia, comprobó que el estrecho de Bering seguía inundado desde hace al menos 46.000 años hasta hace unos 35.700. Solo entonces el mar bajó lo suficiente para dejar en seco el fondo. Así es como se formó el puente de Beringia: tarde, a menos de 10.000 años del Último Máximo Glacial, el tramo más frío de la era glacial, que duró aproximadamente de hace 26.500 a hace 19.000 años. El trabajo se publicó en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences a finales de 2022 y cambia dos cosas a la vez: el ritmo al que crecieron los grandes casquetes de hielo y el momento en que los humanos pudieron caminar hacia América.

Cómo el plancton del Ártico registró el estrecho de Bering

El agua del Pacífico deja una huella química. Cada segundo, cerca de un millón de metros cúbicos de agua del Pacífico, poco salada, cruzan hoy el estrecho de Bering rumbo al norte. Esa agua lleva nitrato, el principal nutriente nitrogenado de la vida marina, y ese nitrato es rico en nitrógeno 15, una versión algo más pesada del elemento. En las plataformas poco profundas al norte del estrecho, los microbios elevan todavía más esa proporción. El resultado es un contraste nítido: en el Ártico occidental, donde se extiende el agua del Pacífico, el nitrato que alimenta la superficie lleva bastante más nitrógeno 15 que en el Ártico oriental o en el Atlántico Norte. Si el estrecho se cierra, esa señal tiene que apagarse.

Unas conchas diminutas llevaron la cuenta. Para leer esa señal en el pasado, los investigadores recurrieron a Neogloboquadrina pachyderma, una especie de plancton del tamaño de un grano de arena fina que fabrica una concha caliza y cae al fondo del mar al morir. La materia orgánica que queda atrapada en la concha conserva el nitrógeno del agua en la que creció. El equipo separó unas 1.500 conchas por muestra en testigos de sedimento extraídos de la dorsal de Mendeléyev, en el Ártico occidental, en tres puntos a menos de 360 kilómetros unos de otros. Un cuarto testigo, de la dorsal de Lomonósov, cerca del Polo Norte, sirvió de control, porque allí no llega el agua del Pacífico. Te lo explico rápido: si los cuatro puntos hubieran cambiado a la vez, el culpable sería el Atlántico o el clima. Si solo cambiaban los occidentales, el culpable era el estrecho.

El registro da dos vuelcos. Los testigos llegan hasta hace unos 50.000 años, el límite de la datación por radiocarbono. Antes de hace entre 35.000 y 40.000 años, los tres puntos occidentales muestran la huella del Pacífico con la misma fuerza que hoy, mientras el de control se queda claramente por debajo. Después, en apenas 2 centímetros de barro, los valores occidentales caen y se igualan con los del Ártico central. Siguen bajos durante lo peor de la glaciación y solo vuelven a subir hace unos 11.000 años, cuando el deshielo inundó de nuevo el estrecho, una fecha que ya se conocía por otros métodos. Los ríos árticos no pueden imitar la señal antigua, porque el nitrógeno que arrastran es demasiado ligero. El primer vuelco, el momento en que dejó de entrar agua del Pacífico y emergió la tierra, queda fechado hace unos 35.700 años.

Era glacial y nivel del mar en un estrecho inundado

El estrecho funciona como un mareógrafo. Que el estrecho de Bering siguiera bajo el agua hace 46.000 años no es una curiosidad geográfica. Sirve para medir cuánto hielo había en el planeta. Las estimaciones del nivel del mar global entre hace 50.000 y 30.000 años van de 25 a 105 metros por debajo del actual. Esa horquilla es mayor que la subida que provocaría fundir todo el hielo de la Antártida. El equipo simuló el nivel del mar en el estrecho teniendo en cuenta cómo el peso del hielo hunde y deforma la corteza terrestre. Las reconstrucciones clásicas del crecimiento del hielo dejaban el estrecho en seco en esa época, así que chocan con el plancton. Solo encajan las que suponen mucho menos hielo, con un volumen que entonces no llegaba ni a la mitad del que alcanzó en el pico glacial.

Los casquetes crecieron tarde y deprisa. «Nuestros resultados significan que más del 50 % del volumen global de hielo del Último Máximo Glacial se formó después de hace 46.000 años», explicó Pico cuando se publicó el estudio. Eso abre un enigma climático. Los registros de temperatura indican que el mundo de entonces era solo algo más cálido que en el peor momento de la glaciación. ¿Por qué había tan poco hielo? Una posibilidad es que el hielo se volviera más sensible al dióxido de carbono cuando el planeta ya estaba frío. Pero el CO2 apenas bajó de unas 220 a 190 partes por millón entre hace 40.000 y 30.000 años, poca caída para levantar tanto hielo. La otra es que pesara más la luz del sol de verano en el extremo norte, que se debilitaba en esa época, que la temperatura media del planeta. Los autores no se decantan por ninguna.

Las sacudidas bruscas del clima no necesitaban un estrecho cerrado. Algunos modelos climáticos proponían que cerrar el estrecho de Bering era condición previa para los cambios repentinos de clima, de escala milenaria, que sacudieron el hemisferio norte en la última glaciación. La idea era que el agua dulce del Pacífico cruza el Ártico y llega al Atlántico Norte, donde influye en el hundimiento de agua que mueve la corriente que suaviza el clima de Europa. El plancton muestra que esas sacudidas ocurrieron con el estrecho abierto, entre hace 46.000 y 36.000 años, y también con el estrecho seco. Cerrarlo no era el interruptor.

Migración por el estrecho de Bering hacia América

Los humanos pudieron cruzar en cuanto hubo suelo. La nueva fecha encaja con la genética de una forma llamativa. Ya había humanos en el norte de Siberia hace unos 45.000 años. Un grupo propio, al que los genetistas llaman antiguos beringios y del que descienden directamente los pueblos indígenas de América, se separó de los asiáticos orientales hace unos 36.000 años, con un margen de 1.500 años arriba o abajo. Y pruebas recientes sitúan a personas en Norteamérica hace entre 23.000 y 21.000 años, antes de lo más duro de la glaciación. Junto a un puente que apareció hace unos 35.700 años, esas fechas sugieren que la gente se puso en marcha hacia América en cuanto la tierra lo permitió. «Puede que la gente empezara a cruzar en cuanto se formó el puente de tierra», dijo Pico. Si es así, escribieron los autores, habla de un fuerte impulso migratorio entre los pobladores siberianos de la era glacial.

Una vieja idea recupera su sitio. El hallazgo también da la razón al geólogo David Hopkins, que hace mucho describió pruebas de campo de que el estrecho estaba inundado antes del pico glacial, una propuesta que siguió en discusión. Y resuelve una duda frecuente: si el puente de Beringia y el estrecho de Bering son lo mismo. La verdad es que son el mismo lugar con distinto nivel del mar. Cuando el océano queda por encima del fondo del estrecho, es un canal entre el Pacífico y el Ártico. Cuando baja por debajo, ese fondo se convierte en tierra firme y aparece Beringia.

Lo que el barro del Ártico todavía no puede fechar

El reloj tiene holgura. Las fechas llevan una incertidumbre real. Los modelos de edad admiten errores de hasta 3.000 años hacia cada lado, y el barro se acumuló tan despacio que los animales que excavan el fondo pudieron emborronar el registro. Uno de los testigos occidentales sitúa la caída hace 40.000 años y los otros dos hace 35.000. El equipo defiende que fue un único suceso compartido, lo que centra la estimación en 35.700 años, con la mitad central del rango entre unos 33.300 y 39.000. Las simulaciones del nivel del mar suponen que el fondo del estrecho mantuvo la misma profundidad durante 50.000 años. Dependen además del tamaño del cercano casquete de la Cordillera, sobre el oeste de Canadá, que los datos de campo apenas acotan, aunque las tres versiones probadas movieron el resultado menos de 10 metros. Y la relación con la migración humana es una coincidencia de fechas, no una prueba de causa. Los autores reconocen que los yacimientos arqueológicos de esa época, sobre todo en Beringia oriental, son demasiado escasos para saber qué empujó de verdad a la gente a moverse.

El estrecho puede convertirse en una regla más larga. Los autores proponen extender el registro del estrecho de Bering más atrás en el tiempo para estudiar cómo interactúan el hielo y el clima a lo largo de ciclos glaciales completos. Mientras tanto, la imagen de Beringia ya no es la del mapa escolar. No fue un puente permanente durante toda la era glacial. Surgió tarde y deprisa, y quienes lo cruzaron primero quizá no esperaron mucho para hacerlo.

Fuente: Farmer, J. R., Pico, T., Underwood, O. M., Cleveland Stout, R., Granger, J., Cronin, T. M., et al. «The Bering Strait was flooded 10,000 years before the Last Glacial Maximum.» Proceedings of the National Academy of Sciences (2022). DOI: 10.1073/pnas.2206742119

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