28 de octubre de 2026
Organismos

¿Cuánto calor aguanta la vida compleja? Una «ameba de fuego» sube el listón

¿Cuánto calor aguanta la vida compleja? Una «ameba de fuego» sube el listón

Mete la mano en cierto arroyo del norte de California y la sacarás enseguida. El agua quema. Aun así, algo vive ahí dentro, y según los manuales no debería poder. Es una ameba, una sola célula con núcleo, y sigue dividiéndose a 63 grados Celsius (145 grados Fahrenheit), la temperatura más alta registrada hasta ahora para una célula compleja.

El organismo se llama Incendiamoeba cascadensis, un nombre que viene a decir «ameba de fuego» de las Cascadas, la cordillera donde apareció. Un equipo dirigido por Angela Oliverio, microbióloga de la Universidad de Syracuse, describió la ameba de fuego en la revista Cell. Durante décadas, desde que se descubrieron los primeros microbios amantes del calor, ningún eucariota había demostrado reproducirse por encima de los 60 °C. Los eucariotas son la rama de la vida cuyas células guardan el ADN dentro de un núcleo, el grupo de los hongos, las plantas y las personas. La ameba de fuego supera esa vieja frontera y da una respuesta nueva a una pregunta muy antigua: ¿cuánto calor aguanta la vida compleja?

Los récords de calor de verdad siguen siendo de los microbios simples. El campeón es una arquea, Methanopyrus kandleri, que crece a 122 °C, muy por encima del punto de ebullición del agua a nivel del mar. Entre las bacterias, Geothermobacterium ferrireducens llega a los 100 °C. Las células complejas siempre se han quedado muy atrás. El techo que se suele citar para los eucariotas, 60 °C, se apoya en un puñado de hongos y algas rojas. El récord anterior entre las amebas era de Echinamoeba thermarum, con unos 57 °C. Algunos investigadores llegaron a proponer un límite duro cerca de los 62 °C, con la idea de que las membranas de los compartimentos internos de la célula se deshacen con ese calor. Los autores recuerdan que esa cota salió de muestras limitadas.

La búsqueda pidió pinzas de barbacoa y paciencia. El arroyo es un afluente de Hot Springs Creek, en el Parque Nacional Volcánico Lassen, uno de los pocos rincones de ese paisaje volcánico y ácido donde el agua es casi neutra. Su temperatura iba de unos 49 °C a 65 °C. Beryl Rappaport, doctoranda en el laboratorio de Oliverio, metía los tubos en el agua humeante sujetándolos con unas pinzas de barbacoa extralargas, según contó a NPR. Ya en el laboratorio, el equipo añadió a cada muestra un grano de trigo para alimentar a las bacterias del propio arroyo, que a su vez alimentaban a la ameba. En tres años de muestreo, de 2023 a 2025, la ameba salió en 14 de los 20 puntos analizados. En 2025 el equipo la recuperó directamente a 63 °C, y esos cultivos llevan meses viviendo en una incubadora a esa temperatura.

Es un género nuevo, no solo una especie nueva. Su pariente conocido más cercano es Vermamoeba vermiformis, una ameba que aparece a menudo en los calentadores de agua de las casas y que no pasa de unos 40 °C a 45 °C. Las dos comparten un gen que sirve de código de barras para distinguir especies, pero solo coincide en un 94 %. Dentro del género Vermamoeba, esa misma secuencia varía menos de un 1 %. La ameba de fuego, además, parece exigente con su casa. Apareció una secuencia idéntica en un tapete microbiano caliente de la Zona Volcánica de Taupō, en Nueva Zelanda, y parientes cercanos en muestras del Parque Nacional de Yellowstone. Todas las coincidencias venían de zonas geotérmicas.

El récord es de dividirse, no solo de sobrevivir. Los científicos fijan los límites térmicos en tres niveles: completar el ciclo de vida, mantenerse activo y, simplemente, seguir vivo. El récord de la ameba de fuego está en el nivel más difícil. El equipo la cultivó a 17 temperaturas, de 30 °C a 64 °C, con cuatro frascos en cada una. Creció mejor entre 55 °C y 57 °C y seguía multiplicándose a 63 °C, aunque no a 64 °C. Por abajo, dejó de crecer a 40 °C, la temperatura de un jacuzzi. Con una técnica que hincha físicamente las células para ver su interior, los investigadores pillaron amebas en plena mitosis a 63 °C. Y eso importa. En los hongos descritos cerca de ese rango nadie ha demostrado todavía una división celular completa, y no un simple alargamiento del filamento, escriben los autores.

Alterna entre correr y pasear. Las células son diminutas, de unas 39 micras de largo cuando se estiran, más o menos la mitad del grosor de un pelo humano. Se mueven de dos maneras: con una forma alargada, de gusano, y con otra más redonda que saca pequeños pies. La de gusano es la rápida, con 28,3 micras por minuto a 57 °C frente a 17,1 de la redonda, que a cambio explora más terreno. A 57 °C, una célula cambia de forma cada minuto y medio, más o menos. A 50 °C tarda casi cuatro minutos. Los autores creen que esa costumbre encaja con un arroyo donde la temperatura puede cambiar en pocos centímetros. El movimiento tocó techo a 57 °C y aguantó hasta los 64 °C.

Pasado su límite, se encierra. Por encima de 64 °C, la ameba se enrosca en un quiste, una cápsula latente que muchas amebas usan para esperar a que pase lo peor. Mientras se forman, los quistes sacan unas estructuras parecidas a pelos que se mueven deprisa, algo que el equipo no ha visto en ninguna otra especie y que podría servir para detectar la temperatura. Las células calentadas a 70 °C se recuperaron cuando el agua bajó a 60 °C. Las calentadas a 80 °C, no. Su prima de los calentadores sale mucho peor parada: los quistes de Vermamoeba ya se inactivan a 60 °C.

El genoma creció en vez de encogerse. Los hongos amantes del calor suelen recortar su genoma, y la ameba de fuego hizo lo contrario. El suyo es algo más grande que el de su prima. Más de la mitad de sus genes previstos pertenecen a familias que no aparecen en ninguna otra de las amebas comparadas, lo que apunta a mucha maquinaria propia. Frente a las amebas de temperaturas suaves, lleva genes de más para percibir el entorno y para cuidar sus proteínas. Entre ellos hay chaperonas moleculares, que ayudan a otras proteínas a plegarse bien y evitan que se apelotonen, y también redes de señales, como la del calcio, capaces de lanzar respuestas rápidas al calor.

El calor acciona un juego de interruptores genéticos. Al comparar amebas cultivadas a 48 °C con otras a 61 °C, las del calor subían las chaperonas, la reparación del ADN y el tráfico de membranas, ese sistema de burbujitas que lleva carga de un compartimento a otro. Y bajaban la producción de energía y las rutas de construcción, como hacen otros eucariotas cerca de su límite. Pero aquí está la clave. De los 200 genes que más cambiaron, casi tres de cada cuatro no tienen función conocida. Buena parte de la estrategia de la ameba de fuego contra el calor sigue siendo una página en blanco.

Sus proteínas copian un truco de los microbios más calurosos. Un modelo informático calculó que las proteínas de la ameba de fuego, en conjunto, empiezan a deshacerse a unos 50,9 °C, frente a 46,9 °C las de su prima. La ameba tenía además cinco veces más proteínas que, según la predicción, aguantan enteras por encima de 60 °C. Al mirar las proteínas más abundantes, el equipo vio menos zonas «pegajosas» en su superficie, las que repelen el agua y hacen que las proteínas se apelmacen con el calor. También vio más cargas positivas. La verdad, es el resultado que los autores califican de más llamativo. Ese patrón solo se parece al de los procariotas más resistentes al calor de la comparación, como Thermus aquaticus, la bacteria que dio a la biología una enzima a prueba de calor para copiar ADN. Las cargas iguales se repelen, un poco como dos imanes enfrentados por el mismo polo, así que una capa de carga positiva puede impedir que las proteínas se amontonen en grumos inútiles. Dos ramas de la vida muy lejanas parecen haber dado con la misma solución.

Buena parte de esto sigue siendo predicción. Los autores son claros con lo que falta. La ameba de fuego todavía no se puede modificar genéticamente, así que ninguno de los genes candidatos se ha puesto a prueba de forma directa. Muchos de sus genes no tienen función asignada, y el genoma no está ensamblado hasta el nivel de cromosomas enteros. Las temperaturas de desnaturalización y las estructuras de las proteínas son predicciones de ordenador que aún hay que confirmar en el laboratorio. Y los datos de actividad genética comparan solo dos temperaturas. La ventaja exacta sobre otros eucariotas del calor también está por ver, porque el equipo pide volver a medirlos en las mismas condiciones.

Lo normal es que el récord dure poco. Los autores cierran con una comparación deportiva. Durante mucho tiempo se creyó imposible correr la milla en menos de cuatro minutos, y cuando el primer atleta lo logró, la marca volvió a caer en cuestión de semanas. Los parientes de Yellowstone sugieren que hay más especies de ameba de fuego por descubrir. Y esta es fácil de cultivar y alcanza densidades altas, lo que la convierte en un buen modelo de laboratorio y en una posible fuente de proteínas resistentes al calor para la industria. «Quizá el récord de temperatura máxima vuelva a caer pronto», dijo Oliverio a NPR.

Fuente: Rappaport, H. B., Petek-Seoane, N. A., Tyml, T., Niblo, J. K., Mikus, F., Gilbert, N. E., et al. «A geothermal amoeba sets a new upper temperature limit for eukaryotes». Cell (2026). DOI: 10.1016/j.cell.2026.08.043

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