Si alguna vez has escondido una pastilla amarga en una cucharada de yogur para que un niño se la trague, ya conoces el truco que, según varios guardas de fauna del oeste de Kenia, practican las elefantas. Cuentan que la madre mezcla hojas de ciertas plantas con su propia leche y se la da a la cría. Ellos tienen un nombre para eso: lo llaman «una especie de inmunización».
El relato forma parte de un estudio nuevo sobre cómo los elefantes africanos (género Loxodonta) se automedican, presuntamente, en las laderas del monte Elgon, un antiguo volcán en la frontera entre Kenia y Uganda. Ocho expertos locales nombraron 35 especies de plantas de la dieta de estos animales y describieron 25 de ellas como medicina para los elefantes, según el trabajo publicado el 24 de septiembre en la revista Scientific Reports. En ocho casos, los testigos supieron decir qué dolencia parecían estar tratando.
El título del artículo elige con cuidado sus palabras: los elefantes se automedican «presuntamente». Y ese adverbio pesa. Nadie en este estudio le hizo un análisis a un elefante enfermo ni midió qué efecto tenía una planta en su cuerpo. Lo que ofrece es otra cosa, y a su manera más escasa: la memoria ordenada de gente que ha pasado media vida mirando las mismas manadas.
Los testigos llevan décadas siguiendo a estas manadas. Entre octubre de 2023 y septiembre de 2024, el equipo entrevistó a ocho hombres de la comunidad indígena sabaot, de entre 35 y 78 años. Cuatro eran guardas comunitarios de fauna, dos eran guías y dos, ancianos de la zona: un agrónomo jubilado y un antiguo guarda del Servicio de Vida Silvestre de Kenia. Todos sumaban más de 20 años de trato con los elefantes del lugar. El territorio que cubren entre todos ronda los 345 kilómetros cuadrados, más o menos la mitad de Menorca, pero en bosque de montaña. Varios llevaron a los investigadores de paseo por el monte para señalar las plantas, y los botánicos recogieron muestras de cada una y las depositaron en el Herbario de África Oriental, en Nairobi. Cada nombre científico del estudio corresponde, por tanto, a un ejemplar real.
Estos elefantes ya eran famosos antes del estudio. El monte Elgon alcanza los 4.321 metros y es el mayor volcán aislado de África oriental. Sus laderas están agujereadas por cuevas, y los elefantes de la zona entran a oscuras para arrancar con los colmillos roca rica en minerales. Muchos investigadores creen que fueron ellos quienes excavaron parte de esas cuevas, bocado a bocado de roca salada. Una población que extrae sus propios suplementos parecía un buen sitio para preguntarse si también busca fármacos.
Ocho plantas reúnen los indicios más sólidos. Los autores clasificaron cada planta según las pruebas de comportamiento que la respaldaban, con una escala tomada de la zoofarmacognosia, la disciplina que estudia cómo se medican los animales. En lo más alto está el llamado «modo 4»: un animal visiblemente enfermo que busca un recurso concreto para un problema concreto, o que se lo da a otro. Ocho especies superaron ese listón. Las hembras, según los testigos, dan aloe arbóreo (Aloe arborescens) a las crías para abrirles el apetito. Otras tres, Coleus barbatus (que en la zona llaman angurweet), la higuera de Natal (Ficus natalensis) y Bersama abyssinica, son las que irían a parar a la mezcla con leche. Tres especies de Dombeya, un arbusto pariente del hibisco, servirían para hacer mejor la digestión y ablandar los excrementos. Y Kuloa usambarensis sería el recurso de los elefantes apáticos, los que apenas se mueven.
Por debajo de ese nivel quedan otras siete plantas descritas como remedio para elefantes enfermos, aunque sin síntoma concreto, y diez más consideradas medicinales sin ninguna referencia al estado del animal. La más citada fue la corteza de Croton macrostachyus: cinco de los ocho entrevistados dijeron haber visto a elefantes con mal aspecto arrancarla y comérsela.
Los guardas leen las señales en la forma de comer. Una comida medicinal, según ellos, no se parece a una normal. El elefante come una planta que casi nunca toca, o solo en una estación, o la prepara de una forma rara, como la mezcla con leche. Uno de los entrevistados describió un trayecto en línea recta: «Por ejemplo, [si el recurso] está a 20 kilómetros, van directos sin comer nada por el camino para llegar rápido». La verdad, es la clase de detalle que cuesta inventarse, aunque los autores aclaran que fue un comentario general y no la descripción de un episodio concreto.
La arcilla de las cuevas cuenta otra historia. Muchos trabajos anteriores proponían que comer tierra y arcilla funciona como medicina en los elefantes, que calma el intestino o atrapa toxinas. Los expertos del Elgon no lo ven así. Todos dijeron que los animales van a las cuevas a por minerales, sobre todo sal y hierro, y que parece que disfrutan haciéndolo. Ninguno llamó medicina a la arcilla. Uno apuntó que la tierra roja podría importar en el ciclo reproductivo de las hembras, sin dar más detalles.
En la montaña, el saber pasa de una especie a otra. De los 39 recursos, entre plantas y tierras, que salieron en las entrevistas, 34 también se usan en la medicina tradicional humana: casi nueve de cada diez. Y en la tradición local ese intercambio va en las dos direcciones. «Los abuelos nos decían que lo que les sirve a los elefantes también nos sirve a nosotros, así que podemos seguir lo que comen», contó un entrevistado. Otro relató que tomó un arbusto, Rhamnus prinoides, como remedio mientras un elefante lo observaba, y que al día siguiente comprobó que «los elefantes también se habían comido la planta». Dos entrevistados matizaron que algunas plantas que comen los elefantes son venenosas para las personas. Cuando el equipo revisó la literatura científica sobre las diez plantas más citadas, nueve tenían usos medicinales documentados y efectos farmacológicos conocidos.
La idea no es nueva. Hacia el siglo III, el autor romano Claudio Eliano describió a un elefante atravesado por lanzas y flechas que comió flores de olivo, bebió su aceite y se recuperó. Los datos modernos, en cambio, escasean. En Tailandia se ha visto a elefantes asiáticos (Elephas maximus) comer solo arcilla durante días en la estación de lluvias, y en Tanzania se contó que un elefante con aparente dolor de tripa remojaba hojas machacadas y se bebía únicamente el agua. La ciencia no empezó a documentar la automedicación animal hasta finales de los años setenta, y el chimpancé sigue siendo el caso mejor estudiado.
Te lo explico sin rodeos: esto es testimonio, no prueba. La muestra son ocho hombres, elegidos porque conocen bien a los elefantes y no porque representen a nadie más, y los autores advierten que sus recuentos de citas son solo descriptivos. El equipo no presenció estos episodios, no tenía historiales de salud de los animales y no analizó ninguna planta. Los investigadores reconocen además un problema más sutil. Los entrevistados dominan la medicina herbal de la zona y a veces recurrían a conceptos modernos como inmunidad o digestión, así que parte de las explicaciones terapéuticas puede venir de interpretar la conducta del elefante con ojos de curandero humano. Y que una planta tenga compuestos activos no demuestra que el elefante la coma a propósito. Puede ser, sin más, buena comida que de paso sienta bien.
Lo siguiente es seguir a los elefantes y analizar las plantas. Los autores piden estudios de laboratorio sobre las especies más citadas para identificar sus principios activos y sus efectos, y un seguimiento a largo plazo de individuos conocidos para ver si los elefantes enfermos cambian de verdad lo que comen. Hay también una lectura de conservación. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza considera al elefante africano una especie en peligro, y si estas manadas dependen de una farmacia forestal, talar ese bosque les quita algo más que comida. Les quita también los remedios que quizá descubrieron antes que nosotros.
Fuente: Schultz, F., Clark, T. O., Powles, C., Freymann, E., Kinyanjui, R. N., Ndiema, E., et al. «African elephants putatively self-medicate with medicinal plants in the Mount Elgon region, Kenya». Scientific Reports 16, 28904 (2026). Publicado el 24 de septiembre de 2026. DOI: 10.1038/s41598-026-53610-4








