Faltaba poco para las tres de la madrugada del 22 de julio de 1889 cuando tres puntos brillantes colgaban bajos sobre el cielo del este de Saint-Rémy-de-Provence, en el sur de Francia. Una luna menguante muy fina. Venus, encendido justo por encima de las colinas. Y entre los dos, una pequeña V tumbada de estrellas en la constelación de Tauro. Un análisis nuevo sostiene que ese es el cielo que Vincent van Gogh pintó en La noche estrellada.
El trabajo lo dirige Elijah Jeong-hyun Kim, de la Escuela de Investigación Espacial de la Universidad Kyung Hee y de la empresa SLLAB Inc., en Yongin (Corea del Sur), y se publicó el jueves 22 de octubre en la revista Scientific Reports. Aborda una pregunta antigua: ¿muestra La noche estrellada un cielo real o uno salido de la cabeza del pintor? La respuesta del equipo es que las estrellas, la Luna y Venus del lienzo coinciden con un amanecer concreto, cerca de un mes después de la fecha que los historiadores del arte daban por buena.
La fecha de junio nunca cuadró con la Luna. La datación habitual se apoya en una carta del 18 de junio de 1889 en la que Van Gogh le contaba a su hermano Theo que tenía «un nuevo estudio de un cielo estrellado». En los años ochenta, dos astrónomos intentaron casar el cuadro con cielos de mediados de junio. Uno propuso el amanecer del 19 de junio y vio en el remolino central de estrellas la constelación de Aries. El otro descartó esa fecha y habló de un cielo compuesto. Las dos conclusiones chocaban, y la idea de un cielo real acabó arrinconada. El mayor escollo era la Luna. El 19 de junio estaba iluminada en torno a un 63 %, ya pasada la mitad. La del cuadro es una hoz afilada, y Van Gogh distinguía bien una cosa de la otra: en otro dibujo trazó una media luna con el borde recto como una regla.
El método se probó antes con cuadros de respuesta conocida. El equipo usó el análisis de Procrustes, una herramienta estadística que desplaza, gira y escala un conjunto de puntos sobre otro sin deformarlo y luego mide lo que sobra como porcentaje del tamaño del dibujo. Un cuadro de Adam Elsheimer de 1609 cayó a la primera: su Osa Mayor forma con la Vía Láctea un ángulo que ningún cielo real puede dar. Una noche estrellada de Jean-François Millet aprobó, con ocho estrellas de Orión y el Can Mayor encajadas con un error medio por debajo del 4 %. Dos nocturnos de Van Gogh de 1888, pintados en lugares que aún existen, marcaron la referencia. Noche estrellada sobre el Ródano, con su Osa Mayor inconfundible, dio en torno a un 6,5 %. Terraza de café por la noche, donde los autores identifican el Triángulo de Verano, se quedó en torno a un 5,5 %. Ese margen es el aspecto que tiene «copiado fielmente del cielo» en este pintor.
Van Gogh miraba ese pueblo por una rendija estrecha. Para estimar cuánto cielo abarca La noche estrellada, los investigadores recurrieron a un dibujo anterior del mismo paisaje, catalogado como F1541v. En dos viajes a Saint-Rémy en junio y julio de 2019 encontraron una loma al suroeste del sanatorio desde la que la vista coincide con el dibujo, y lo superpusieron a sus fotografías. El encuadre equivale al de un teleobjetivo de 134 mm, unos 18 grados de esquina a esquina. Es algo menos de lo que tapa una mano abierta con el brazo estirado. Para comparar, el cielo de Noche estrellada sobre el Ródano abarca unos 75 grados, un gran angular unas cuatro veces más ancho. Con ese marco, los autores buscaron qué amaneceres de 1889 metían la Luna y Venus dentro de la rendija.
Solo un puñado de amaneceres pasa la prueba. En el cuadro, la Luna está por encima de Venus. Entre junio y julio de 1889, solo tres madrugadas dejan a los dos dentro del marco: el 23 de junio y el 22 y el 23 de julio. Las de julio suman además a Aldebarán, una estrella de primera magnitud, y el 22 de julio las Híades caen cerca del centro. Los cambios de un día a otro son finos. A las tres de la madrugada, hora local, del 21 de julio, la Luna y Venus estaban a unos 30 grados, demasiado lejos para el marco. El 22 los separaban 18,6 grados, casi justo la diagonal del encuadre, y la Luna era una hoz iluminada en torno a un 28 %. El 24 ya se habían arrimado a unos 3 grados, una pareja que no se parece en nada al lienzo.
La V del centro se parece a las Híades. Las Híades son un cúmulo de estrellas de Tauro cuyos miembros más brillantes dibujan una V tumbada, con Aldebarán en una punta. El equipo eligió cinco puntos del lienzo para emparejarlos con las cinco estrellas que forman el esqueleto del cúmulo antes de hacer ningún ajuste. El encaje salió en torno a un 8 %, y cuando probaron las 120 formas posibles de emparejar esas cinco estrellas pintadas con las cinco reales, la correcta fue la mejor de todas, y la única. La inclinación también cuadra. En el cuadro, el brazo de la V se inclina 33,13 grados respecto al horizonte. En el cielo real de esa madrugada, entre la 1:53, cuando Venus asomaba sobre las colinas, y las 3:20, cuando empezaba a clarear, el mismo brazo se inclinaba entre 32,6 y 35,1 grados.
Una copia posterior afinó todavía más las estrellas. Van Gogh hizo un dibujo en blanco y negro de La noche estrellada, conocido como F1540. Su V se ajusta a las Híades mejor que la del óleo, en torno a un 6,6 % frente a un 8,2 %. La verdad, es el detalle más raro del estudio. Una copia hecha de memoria debería heredar los fallos del original, no corregirlos, argumentan los autores, así que el dibujo sugiere que Van Gogh tenía en la cabeza la forma real. Un examen anterior del lienzo vio además que dejó huecos sin pintar para las estrellas antes de dar el azul, de modo que su disposición estaba decidida desde el principio y no se añadió al final.
Aquí está la clave: un buen encaje de forma demuestra poco por sí solo. Los autores lo dicen sin rodeos. Tres estrellas de Andrómeda casan con un trío de estrellas pintadas mejor que las Híades con las suyas, por debajo del 1,5 %, solo porque tres puntos cualesquiera forman un triángulo. Un trozo de Lira encajó en torno a un 4 %, pero el cuadro no tiene ninguna estrella donde debería estar Vega, la más brillante de Lira, y Lira estaba en el cielo del oeste. Un ajuste mayor con Auriga se quedó a 0,6 puntos de las Híades, pero solo a costa de tomar a Venus por una estrella. La elección se apoya en la Luna, en Venus y en el marco estrecho. El encaje de forma sirve para comprobar que nada lo contradice.
Una crisis se interponía, hasta que se releyeron las cartas. Los historiadores sitúan una crisis grave a mediados de julio de 1889, lo que habría impedido a Van Gogh pintar un cielo de finales de mes. El equipo señala una carta de principios de agosto en la que el informe del médico del sanatorio habla de una enfermedad de «un día o dos». En otra carta, Van Gogh contó que el ataque le sorprendió en el campo, pintando un día de viento, y los registros meteorológicos muestran un mistral fuerte en tres estaciones del 27 al 29 de julio. En septiembre recordó su encierro como seis semanas, lo que lleva hacia el 25 o el 26 de julio. Su cuñada, Jo van Gogh-Bonger, escribió años después que la enfermedad le golpeó en agosto.
Las cigarras y el calor también apuntan a julio. En una carta del 20 de septiembre, Van Gogh agrupó La noche estrellada con un cuadro de olivos que, según él, intentaba captar la hora en que vuelan los escarabajos verdes y las cigarras con el calor. Los registros de Aviñón muestran solo cuatro días de junio de 1889 a 30 grados o más, y ninguno entre el 16 y el 19. Julio tuvo dieciocho, con quince seguidos entre 30 y 34 grados. Los autores lo usan como contexto, no como prueba.
No todos los astrónomos están convencidos. Donald Olson, de la Universidad Estatal de Texas, que ha escrito sobre la astronomía en la historia del arte, dijo a Science News que el marco estrecho choca con el encuadre mucho más amplio que hace falta para abarcar las colinas redondas y los riscos del cuadro. Propone una prueba: decirle a un aficionado a la astronomía que el cuadro muestra las Híades y pedirle que encuentre Aldebarán, la estrella más brillante del cúmulo. Los autores la sitúan a la izquierda del ciprés, pero Olson duda de que mucha gente la señale ahí.
Las salvedades pesan. Ningún documento dice qué noche se asomó Van Gogh a la ventana. El 22 de julio es una reconstrucción, la fecha que mejor cumple un montón de condiciones físicas, y los autores escriben que pudieron mezclarse impresiones de varias noches seguidas, con el 22 como centro. El estudio no dice cuándo se empezó el cuadro ni si se retocó. El marco estrecho sale de un dibujo y es una suposición que solo se comprueba a posteriori. Los datos del tiempo son anteriores a los instrumentos estandarizados y tienen huecos. Ningún informe médico fija la crisis. El primer autor ya propuso el 22 de julio en un libro anterior, y los autores declaran que SLLAB puede ganar dinero con libros, exposiciones y producciones basadas en este trabajo.
Para exagerar hace falta algo real que exagerar. El propio Van Gogh describió este grupo de cuadros como «exageraciones desde el punto de vista de la disposición», y el equipo lo lee al pie de la letra: los remolinos son estilo puesto encima de un cielo que de verdad miró. El código y las coordenadas de las estrellas son públicos, y los autores quieren aplicar el mismo método a otros nocturnos antiguos que nadie ha revisado. El reto de Aldebarán que plantea Olson es un buen siguiente paso, y cualquiera con una lámina de La noche estrellada y un mapa del cielo puede intentarlo.
Fuente: Kim, E. J.-h., Kang, S., Song, J. y Jin, H. «The actual sky of Van Gogh’s Starry Night: a multidisciplinary reconstruction». Scientific Reports 16, 31109 (2026). DOI: 10.1038/s41598-026-73025-5








