En los años setenta, en el norte de Brasil podían pasar temporadas enteras sin una sola ola de calor. Belém es hoy la metrópoli brasileña donde más deprisa se han multiplicado esos episodios, y en casi todas las grandes ciudades del país el calor extremo se ha vuelto rutina. Lo que no ha cambiado es que ninguno de esos episodios se cuenta como desastre. Un análisis publicado en PLOS ONE pone cifras a ese silencio.
El recuento sale de certificados de defunción, no de modelos. Los investigadores compararon las muertes registradas durante cada ola de calor con las de periodos equivalentes de la misma época del año sin ella, en las catorce regiones metropolitanas más pobladas de Brasil, donde vive aproximadamente uno de cada tres brasileños. Entre 2000 y 2018 esa diferencia sumó 48.075 muertes en exceso, más de veinte veces los fallecidos por deslizamientos de tierra en todo el país durante los mismos años. Dicho de otro modo, la población de una ciudad brasileña de tamaño medio murió de calor en esos años sin que nada de ello entrara en el registro de catástrofes.
Las olas de calor más letales no fueron las más extremas. Los episodios con mayor subida relativa de la mortalidad en cada región metropolitana fueron casi siempre cortos, a menudo de menos de una semana, y quedaron encuadrados en la categoría más suave del índice empleado. En todas menos tres de esas regiones, el peor episodio registrado ocurrió en los últimos cinco años analizados, y la mayoría llegó menos de un mes después de otra ola de calor.
La edad multiplicó el riesgo mucho más de lo que pesa en la mortalidad corriente. Los mayores de sesenta y cinco años concentraron entre el 75 y el 94 por ciento de las muertes en exceso, cuando ese mismo grupo representa menos del 60 por ciento de todos los fallecimientos por causas naturales en esas ciudades. Las mujeres salieron peor paradas que los hombres en todas las regiones metropolitanas, con las brechas más amplias en lugares como Porto Alegre, São Paulo y Río de Janeiro.
El color de la piel y los años de escuela cambiaron el pronóstico más que el mapa. Entre los mayores de sesenta y cinco años, la mortalidad durante las olas de calor subió más entre quienes menos habían estudiado en las ciudades donde la comparación resultó estadísticamente sólida, entre ellas Belém, Recife, São Paulo y Río de Janeiro, y en Recife el exceso de muertes de los hombres con menos estudios casi duplicó al de los más formados. En Cuiabá, el aumento de muertes entre mujeres pasó de 1,60 veces lo esperado entre las blancas a 3,25 veces entre las negras y pardas. En ninguna de las catorce regiones el incremento entre la población blanca superó al de la población negra y parda. Los autores llaman a ese patrón racismo ambiental, la concentración del daño ambiental sobre los grupos peor servidos por la vivienda, la renta y la sanidad.
El calor no solo para corazones. Las enfermedades circulatorias, las respiratorias y los tumores reunieron entre la mitad y dos tercios de las muertes en exceso, según la ciudad. Pero los mayores aumentos relativos aparecieron en dolencias que casi nunca figuran en un aviso por calor, como las de la piel, las del sistema nervioso y las genitourinarias.
El sistema que debía detectarlo no vio nada. El equipo pasó por esos mismos años la herramienta de vigilancia basada en eventos de la Organización Mundial de la Salud, rastreando noticias y redes sociales en busca de señales sobre calor en Brasil. Devolvió apenas unas decenas de menciones, ninguna anterior a 2014, y ni una sola coincidió con las olas de calor que de verdad dispararon la mortalidad. El calor extremo, escriben los autores, sigue siendo un desastre desatendido en Brasil.
Lo que el estudio puede mostrar y lo que no. Es un análisis observacional de registros administrativos, los certificados de defunción por un lado y las estaciones meteorológicas por otro, no un experimento, de modo que establece una asociación entre olas de calor y muertes, no demuestra que cada una de esas muertes fuera causada por el calor. Los propios autores enumeran los límites. Una sola estación meteorológica representa a cada región metropolitana, el registro de defunciones recoge pocas variables socioeconómicas y el análisis no incorpora el efecto retardado, aunque la mortalidad siga subiendo durante días después de que acabe el episodio, algo que según ellos hace que la cifra real sea probablemente mayor que la publicada. Tampoco pueden separar el efecto del calor del de sequías simultáneas, episodios de contaminación o brotes de dengue, y las catorce regiones estudiadas cubren en torno a un tercio de la población, con mucho peso del sureste, así que los resultados no deben extrapolarse sin más a todo el país.
La solución que proponen los autores no es solo meteorológica. Sostienen que los sistemas de alerta en Brasil deben rediseñarse en torno a los episodios que de verdad matan allí, olas cortas y poco espectaculares en vez de las largas y severas para las que se pensó la clasificación, y que la política climática más eficaz puede ser la menos climática: reforzar la atención primaria y estrechar las brechas de renta, educación y raza.
El estudio, Twenty-first-century demographic and social inequalities of heat-related deaths in Brazilian urban areas, lo firman Djacinto Monteiro dos Santos, Renata Libonati, Beatriz N. Garcia y otros, y se publicó en PLOS ONE. DOI: 10.1371/journal.pone.0295766.








