20 de octubre de 2026
Environment

Un coral sano puede revivir a su vecino blanqueado fusionándose con él, siempre que sean clones

Un coral sano puede revivir a su vecino blanqueado fusionándose con él, siempre que sean clones

Dos ramitas de coral del tamaño de la yema de un dedo descansan pegadas, una junto a la otra, sobre un soporte de cerámica en un acuario de laboratorio. Una tiene un marrón sano. La otra está blanca como un hueso y se muere de hambre: en un arrecife de verdad, lo más probable es que las algas la cubrieran en pocas semanas. Y entonces, a lo largo de la estrecha costura donde se tocan, el marrón empieza a colarse en el blanco.

Ese color que avanza es el hallazgo. Un coral sano apoyado contra un trozo blanqueado de su misma colonia se fusiona con él y le pasa las algas que necesita para vivir, y basta una sola semana de contacto para desencadenar una recuperación completa del blanqueamiento de coral, según publicaron sus autores en la revista Science Advances. Daniel Collins y sus colegas hicieron los experimentos en la Estación Marina Hopkins, en Pacific Grove (California), con coral coliflor (Pocillopora damicornis), un constructor de arrecifes muy común en el Indopacífico. Los corales blanqueados suelen morir porque se recuperan despacio, a menudo a lo largo de meses. Aquí bastaron unas semanas.

El blanqueamiento es una ruptura, no una muerte instantánea. Los corales que forman arrecifes llevan dentro de sus tejidos unas algas unicelulares, los dinoflagelados (familia Symbiodiniaceae). Esas socias hacen la fotosíntesis y le dan al coral la mayor parte de su alimento. Cuando el agua se calienta demasiado, la sociedad se rompe y el coral expulsa sus algas, de modo que el esqueleto blanco se transparenta a través del tejido. Un coral blanqueado todavía no está muerto, pero va en reserva, y las algas filamentosas no tardan en cubrirlo. Algunos se recuperan cuando baja el calor, ya sea porque se multiplican las pocas algas que les quedaban o porque captan otras nuevas del agua. El problema es el suministro. Los autores señalan que las algas libres en los sedimentos y en el agua del arrecife son varios órdenes de magnitud más escasas que dentro del tejido del coral, lo que ayuda a entender por qué la recuperación natural es tan lenta y por qué mueren tantas colonias en los episodios graves. La mayor parte de la investigación, escriben, busca prevenir el blanqueamiento. Mucha menos se ha dedicado a rescatar corales que ya han perdido sus algas.

El equipo empezó por blanquear sus propios corales. Metieron ramas de colonias de acuario en un tanque que cada día se calentaba hasta unos 34,5 grados, se mantenía así cuatro horas y luego volvía a enfriarse. Tras 12 a 16 días, no quedaba ni rastro de color. Al microscopio confocal, los pólipos blanqueados tenían unas 7 algas por milímetro cuadrado, frente a más de 6.700 en los pólipos sanos. Imagina una ciudad llena de gente vaciada hasta quedarse con un puñado de vecinos. Cualquier recuperación de verdad tendría que llegar de fuera.

Tocarse lo cambió todo. Los investigadores emparejaron fragmentos blanqueados, de 1 a 1,5 centímetros cada uno, con fragmentos sanos del mismo genet, es decir, clones genéticos cortados de una misma colonia madre. Cinco parejas se tocaban. Otras cinco quedaban a solo 5 a 7 milímetros, más o menos el grosor de un lápiz. Todos los fragmentos en contacto se recuperaron por completo en ocho semanas, y uno lo logró en cuatro. El color aparecía siempre primero en el punto de contacto y desde ahí se extendía por el trozo blanqueado. La verdad, el otro grupo da pena verlo. Los fragmentos separados siguieron blancos durante semanas y luego se llenaron de algas filamentosas rojas y verdes y de diatomeas. En la novena semana, dos de los cinco habían muerto y los otros tres tenían al menos el 87 % de la superficie cubierta de algas. En la semana 20, los fragmentos rescatados echaban ramas nuevas, igual que sus compañeros sanos.

Una semana de contacto fue suficiente. Para saber si el coral sano tenía que seguir pegado, el equipo separó parejas tras periodos de contacto de entre un día y tres semanas. Todos los fragmentos blanqueados que habían tocado a uno sano durante una semana o más acabaron recuperándose solos en siete semanas, al mismo ritmo que los que nunca se separaron. Con tres días de contacto empezaba la transferencia, pero al final ganaban las algas invasoras. Con un día no se vio nada. Ese resultado dice mucho sobre el origen de la recuperación. Una vez separado, el coral blanqueado ya no recibía algas nuevas, así que las que ganaba tenían que estar multiplicándose dentro de él. En la segunda semana, la población de algas se duplicaba más o menos cada cuatro días. En la Gran Barrera de Coral, en cambio, las algas de corales Acropora en recuperación tardaron unos tres meses en duplicarse, según un trabajo anterior que citan los autores.

Los dos corales tienden un puente vivo. La transferencia no ocurría por igual a lo largo de toda la costura. Arrancaba en uno o dos puntos y, desde ahí, las algas se extendían de arriba abajo, de abajo arriba o en los dos sentidos a la vez, según dónde hubiera empezado. Cuando el equipo separó 12 parejas en plena recuperación, los dos fragmentos mostraban desgarros gemelos en el tejido justo en los puntos de transferencia, con el esqueleto al aire. Las parejas separadas tras un solo día no tenían esos desgarros. Los investigadores concluyeron que los dos corales se habían fusionado y habían formado puentes de tejido que se rompieron al separarlos. Al seguir con más detalle los tres primeros días, vieron un goteo de algas a las pocas horas y después una avalancha entre unas 36 y 60 horas, justo cuando se producía la fusión. A partir de ahí, proponen los autores, la red gastrovascular del coral, un sistema de canales internos que hace circular líquido por toda la colonia, repartió las algas por el fragmento.

Los extraños pelean en vez de compartir. En el laboratorio había dos genotipos de la misma especie, que se distinguen por su color bajo luz azul: uno brilla en rojo y el otro en verde. Cuando un coral blanqueado de un genotipo tocaba a uno sano del otro, aquello era la guerra. En cuestión de horas, los corales sacaban filamentos mesentéricos, unos hilos cargados de células urticantes, a lo largo de la línea de contacto. Ninguno de los seis fragmentos blanqueados de estas parejas mixtas se recuperó, y el coral sano creció por encima de ellos hasta engullir por completo a cuatro en la novena semana. Incluso dos corales sanos de genotipos distintos mantenían entre ellos una franja de tejido sin algas. Los corales tienen un sistema de reconocimiento de lo propio frente a lo ajeno, y aquí decidió el desenlace casi de inmediato.

Queda abierta una puerta trasera, más lenta. Aquí está la clave, eso sí. Incluso en las parejas mixtas, hostiles, algunas algas cruzaron a las pocas horas del contacto. Todo indica que el coral sano soltaba algas que los pólipos blanqueados cercanos atrapaban, de forma parecida a como los corales las captan del agua del mar. Esa vía apareció tanto en parejas emparentadas como en las mixtas, pero por sí sola era demasiado débil para salvar una colonia. Para los autores, eso significa que la barrera está en el coral y no en las algas. Hacer más eficaz esa captación, o desactivar la respuesta hostil, podría en principio permitir que un genotipo, o incluso una especie, rescatara a otra.

Sigue siendo un resultado de acuario. Los autores no esconden los límites. Todos los corales salieron de colonias de acuario compradas a proveedores, sin registro de dónde se recogieron en origen. El trabajo usó una sola especie y dos genotipos, fragmentos pequeños y grupos pequeños, a menudo de cinco parejas o menos por condición. Los corales comían más de lo que comerían en un arrecife natural. La recuperación dependía de parejas del mismo genet en contacto sostenido, y nadie sabe aún hasta dónde puede llegar dentro de una colonia la recuperación que arranca en un solo punto de contacto. Los investigadores tampoco saben con certeza por qué las algas transferidas se multiplican tan deprisa. Plantean que quizá se libraron del daño por calor, o que por el puente pasaron también nutrientes. Advierten además de que sus recuentos al microscopio solo leen la superficie del tejido y pueden quedarse cortos. Si todo esto funciona en arrecifes salvajes, a la escala de un blanqueamiento real, está por comprobar.

La siguiente idea es mandar algas más resistentes. Los autores señalan que la misma vía de contacto podría servir para introducir algas tolerantes al calor, como las del género Durusdinium, en lugar de las socias originales del coral. Un intento anterior de mover algas resistentes a través del agua solo consiguió dejar trazas en 5 de 45 fragmentos receptores al cabo de 55 días. El contacto, según lo medido en este estudio, es mucho más rápido. Los investigadores lo presentan como el comienzo de un nuevo tipo de rescate: tratamientos que se aplican después de un episodio de blanqueamiento y no antes, pensados para que los corales blancos vuelvan a ponerse marrones antes de que las algas los cubran.

Fuente: Collins, D. S., Sipkova, J., Mollica, N. R., Rolander, T., Klepac, C., Calistro, G. F., et al. «Rapid coral bleaching recovery via symbiont transfer from healthy corals». Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.aeh1580

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