Un bulto firme, del tamaño de una uva, justo junto al ombligo. Así empieza casi siempre, sin dolor y sin que nadie sospeche nada grave: se confunde con una hernia o con una simple infección de la piel.
Ese bulto tiene nombre propio, el nódulo de Sister Mary Joseph, y es en realidad una metástasis: una colonia de células cancerosas que ha viajado desde un tumor en otra parte del cuerpo y se ha instalado en el ombligo. La revisión, publicada en 2024 en la revista International Journal of Surgery Case Reports, nació de una paciente atendida por los propios autores: una mujer de sesenta años con una lesión ulcerada en el ombligo a la que, en varias clínicas, le diagnosticaron una infección o una hernia. Un estudio completo encontró un adenocarcinoma (un cáncer del tejido glandular) en el ciego, la bolsa donde empieza el colon. Murió menos de dos años después de la cirugía.
En la mayoría de los casos registrados, el bulto aparece antes de que nadie sepa que hay un cáncer. Los autores reunieron casi 1.200 casos de la literatura publicada y de dos grandes series de autopsias. Cuando los médicos anotaron el orden de los hechos, el bulto umbilical fue la primera señal de la enfermedad el 73,4% de las veces, y solo en el resto de los casos apareció en alguien ya diagnosticado. Aproximadamente uno de cada siete se confundió primero con una hernia umbilical.
La señal lleva el nombre de la enfermera que detectó el patrón. Sister Mary Joseph, una monja católica que pasó treinta años en la Clínica Mayo, preparaba el abdomen de los pacientes antes de operarlos, y fue ella quien hizo notar al cirujano William J. Mayo que esos bultos aparecían una y otra vez en personas que después evolucionaban mal. Mayo lo describió en 1928 como un marcador de cáncer gástrico inoperable, y sigue siendo el epónimo médico más importante dedicado a una enfermera.
Casi todos estos tumores empiezan dentro del abdomen. El ovario explicó cerca de una cuarta parte de los casos reunidos y el colon, casi una quinta parte. El cáncer de ovario predominó entre las mujeres y el colorrectal entre los hombres, y la mayoría de los pacientes rondaba los sesenta años. Los nódulos eran duros, fibrosos, de bordes irregulares, y estaban adheridos a la pared abdominal en la inmensa mayoría de los casos, casi nunca más grandes que una uva.
El ombligo es un cruce de caminos que quedó de antes de nacer. Por él confluían, durante la vida fetal, arterias, venas y vasos linfáticos, un antiguo nudo de tráfico cuyas rutas nunca llegan a cerrarse del todo. Los autores plantean esa anatomía como una posible explicación de por qué las células cancerosas que circulan por la sangre pueden asentarse ahí directamente, a veces sin que se detecte ninguna otra enfermedad en el resto del abdomen.
Una vez aparece el nódulo, el pronóstico depende sobre todo de dónde empezó el cáncer. La supervivencia media desde el diagnóstico de la metástasis fue de siete meses en conjunto, pero el rango es amplio: dieciocho meses si el cáncer partió del ovario, unos ocho si partió del colon, y solo tres si partió del páncreas. En un grupo reducido de pacientes con cáncer de colon tratados con cirugía y quimioterapia, en vez de solo cuidados paliativos, varios vivieron bastante más de un año, y uno de ellos, pese a tener el cáncer extendido por todo el abdomen, alcanzó una supervivencia de cinco años.
El propio diseño de la revisión marca un techo claro a lo que puede demostrar. Es una revisión sistemática y un metaanálisis de material retrospectivo, casos que los médicos decidieron publicar más series de autopsias, no un estudio que siguiera a los pacientes hacia adelante en el tiempo. Los casos publicados tienden a ser los más llamativos, así que los porcentajes reunidos describen la literatura existente, no la incidencia real en toda la población. El hallazgo sobre el tratamiento es todavía más frágil, porque esos pacientes recibieron cirugía y quimioterapia precisamente porque su estado lo permitía, así que su mayor supervivencia no se puede separar de la posibilidad de que su enfermedad ya fuera, de partida, menos avanzada. Los propios autores lo plantean como experiencia clínica que sugiere que un enfoque agresivo puede ayudar a pacientes seleccionados, no como la prueba de que el tratamiento en sí ganó esos meses de más.
Lo que argumenta la revisión, y lo que ilustra su propio caso de partida, es que la intervención más barata aquí es la sospecha. Un bulto umbilical nuevo, duro, fijo a la pared abdominal y que no cede con tratamiento para una infección merece un estudio completo, no una reafirmación tranquilizadora. La pregunta abierta es si detectarlo así de pronto, cuando todavía es solo un bulto al que alguien no le dio importancia, cambiaría alguna de estas cifras.
El estudio, «Sister Mary Joseph’s nodule as metastasis of colorectal cancer. Systematic review of the literature and meta-analysis», firmado por R. Gabriele, M. Campagnol, V. Borrelli, I. Iannone, P. Sapienza y A. Sterpetti, se publicó en 2024 en International Journal of Surgery Case Reports. DOI: 10.1016/j.ijscr.2024.110132.








