4 de septiembre de 2026
Salud

El queso es el lácteo que mejor le sienta al corazón

El queso es el lácteo que mejor le sienta al corazón

Una cuña de queso en la puerta de la nevera. Un vaso de leche entera con el desayuno. Los dos cuentan como lácteos en cualquier etiqueta nutricional y los dos caen bajo la misma línea en casi todas las guías alimentarias. Un nuevo análisis con casi un millón de personas sugiere que tu corazón no los trata en absoluto como el mismo alimento.

A dos de las mayores cohortes de salud del planeta se les hizo la misma pregunta y respondieron cosas distintas. Investigadores de la Universidad de Zhejiang siguieron a 487.212 adultos del China Kadoorie Biobank y a alrededor de medio millón del UK Biobank, acumulando 4.190.676 personas-año de seguimiento en China y 4.736.113 en Reino Unido. Por el camino registraron 66.132 eventos cardiovasculares en la cohorte china y 32.822 en la británica. En China, quienes tomaban lácteos al menos cuatro días por semana presentaron un 9% más de riesgo de cardiopatía coronaria que quienes no los consumían (HR 1,09; IC 95% 1,05 a 1,13), pero un 6% menos de riesgo de ictus (HR 0,94; IC 95% 0,91 a 0,97). La protección era mayor frente al ictus hemorrágico, el que se produce por sangrado, donde el riesgo caía un 24% (HR 0,76; IC 95% 0,69 a 0,83).

En Reino Unido el panorama se dio la vuelta. El consumo total de lácteos se asoció a un 7% menos de riesgo de enfermedad cardiovascular en conjunto (HR 0,93; IC 95% 0,88 a 0,98), un 7% menos de cardiopatía coronaria (HR 0,93; IC 95% 0,88 a 0,99) y un 14% menos de ictus isquémico (HR 0,86; IC 95% 0,75 a 0,99). El mismo grupo de alimentos, con el signo cambiado para las arterias que alimentan al propio corazón.

Cuando se juntan todos los datos del mundo, la balanza se inclina levemente a favor de los lácteos. El equipo combinó sus resultados con 30 publicaciones procedentes de 25 cohortes prospectivas anteriores, que reunían 1.288.420 participantes y 73.193 eventos cardiovasculares en 30 países y territorios, con seguimientos de entre 5,5 y 30 años. En conjunto, un mayor consumo total de lácteos se asoció a un 3,7% menos de riesgo cardiovascular (RR 0,963; IC 95% 0,932 a 0,995) y a un 6% menos de riesgo de ictus (RR 0,94; IC 95% 0,90 a 0,98). Para la cardiopatía coronaria el resultado agrupado fue plano, sin ninguna asociación (RR 0,98; IC 95% 0,93 a 1,02). La discrepancia entre estudios era considerable, con una I² del 66,1%.

El queso es el lácteo que mejor se comporta en las cifras. Los participantes británicos que comían queso al menos siete veces por semana tenían un 12% menos de enfermedad cardiovascular y un 12% menos de cardiopatía coronaria que quienes lo tomaban menos de dos veces (HR 0,88 en ambos casos). En el análisis global agrupado, el queso se asoció a un 6% menos de riesgo cardiovascular (RR 0,94; IC 95% 0,91 a 0,97), mientras que el yogur (RR 0,99) y la leche (RR 1,00) no mostraron nada. Resulta contraintuitivo, porque el queso curado va cargado de sal, grasa saturada y calorías. Los autores sospechan que aquí pesa más la fermentación que el contenido graso, y señalan la vitamina K2, el calcio que limita la absorción de grasas saturadas y colesterol, el ácido linoleico conjugado y los cultivos vivos que remodelan la microbiota intestinal.

El tipo de leche que te sirves también cambia la asociación. En la cohorte británica, quienes bebían leche semidesnatada o desnatada tenían menos riesgo cardiovascular (HR 0,92 y 0,91) y bastante menos riesgo de ictus (HR 0,80 y 0,76) que quienes casi nunca bebían leche. Los lácteos bajos en grasa, como categoría completa, salieron protectores en el análisis agrupado tanto para enfermedad cardiovascular (RR 0,96) como para ictus (RR 0,90). La leche por su cuenta, en cambio, se asoció a un 8% más de riesgo de ictus hemorrágico (RR 1,08; IC 95% 1,01 a 1,17), algo que encaja mal con la cohorte china, donde un consumo de lácteos dominado por la leche entera iba acompañado de menos ictus hemorrágico. Esa tensión forma parte de una lectura honesta de la evidencia. El resultado en blanco del yogur puede tener una explicación más prosaica, ya que las versiones azucaradas y saborizadas entran de lleno en la categoría de ultraprocesados.

Hay dos razones plausibles para que China y Reino Unido se separen tanto. La primera es la cantidad. El consumo medio de lácteos en el UK Biobank era más de cuatro veces superior al del China Kadoorie Biobank, y cualquier beneficio cardiometabólico podría necesitar cierto umbral de ingesta para aparecer. La segunda es la composición. El queso es el lácteo principal en Reino Unido, con un 46,49% del consumo lácteo en esa cohorte, mientras que en China domina la leche entera líquida. La intolerancia a la lactosa también es mucho más frecuente en poblaciones chinas, y la leche sin fermentar arrastra más D-galactosa que el queso, un azúcar vinculado en trabajos experimentales al estrés oxidativo y la inflamación crónica.

Nada de esto demuestra que el queso proteja el corazón de nadie. Son cohortes observacionales, no ensayos aleatorizados, así que muestran asociaciones y no causas. La dieta se midió con cuestionarios de frecuencia de consumo, en la mayoría de casos una sola vez al inicio, y quienes tomaban más lácteos también solían tener más ingresos, más estudios y más actividad física. Los autores ajustaron por una larga lista de factores de confusión que incluye ingresos, educación, tabaco, alcohol, ejercicio, índice de masa corporal, hipertensión, diabetes y el consumo de carne, pescado, huevos, fruta y verdura, pero la confusión residual no puede descartarse. Su propia evaluación GRADE califica la confianza global en estas estimaciones como muy baja a moderada. La conclusión útil es más estrecha que un eslogan. Los lácteos como bloque único no son una unidad de análisis con sentido, y los productos concretos que hay dentro se comportan claramente de forma distinta.

Los hallazgos proceden del estudio «A global analysis of dairy consumption and incident cardiovascular disease», de Pan Zhuang, Xiaohui Liu y colaboradores de la Universidad de Zhejiang, publicado en Nature Communications en 2025. DOI: 10.1038/s41467-024-55585-0.

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