¿Sirve de algo preocuparse por caerse, o esa preocupación es ya el anuncio de la caída? Décadas de estudios prospectivos, reunidos ahora en un mismo análisis, se inclinan con claridad hacia la segunda respuesta. Y llega con un hallazgo incómodo de propina: aquello a lo que suelen recurrir las consultas, lo seguro que una persona mayor dice sentirse al andar, no predijo absolutamente nada.
La señal de alarma es la preocupación misma. Los investigadores agruparon 53 estudios prospectivos con 75.076 adultos de 60 años o más, un colectivo del tamaño de una ciudad mediana, y en todos ellos la pregunta sobre el miedo se hizo antes y las caídas se contaron después. En los trabajos que usaron una única pregunta directa, normalmente «¿Tiene usted miedo a caerse?», quienes respondieron que sí tuvieron un 60% más de probabilidades de caerse durante el seguimiento que quienes respondieron que no. En los que usaron la Falls Efficacy Scale International, un cuestionario que pregunta cuánta preocupación genera caerse mientras se hacen cosas tan corrientes como vestirse o pisar un suelo resbaladizo, el riesgo subía con cada punto añadido, y alguien con 40 puntos más en la escala completa acumulaba más del doble de probabilidades de caerse que quien estaba en la parte baja.
Los resultados se publicaron en 2025 en la revista Age and Ageing. La revisión se registró de antemano en la base de datos PROSPERO, que deja fijada la pregunta de investigación antes de ver los datos, y se diseñó para responder a una sola cuestión muy concreta: ¿predice la preocupación por caerse las caídas futuras al margen de los factores de riesgo que los médicos ya conocen, como la edad, el sexo, la función física o las caídas previas?
El equipo solo aceptó estudios que siguieran a las personas hacia adelante en el tiempo. Se rastrearon cuatro bases de datos científicas hasta marzo de 2024, y quedaron descartadas las fotografías transversales, los ensayos y los informes de casos. Lo que sobrevivió tenía que haber seguido a los participantes durante al menos seis meses, con las caídas anotadas según ocurrían, mediante diarios o llamadas periódicas, o recordadas al final. Los resultados se combinaron como odds ratios, un número que indica cuánto más probable es un desenlace en un grupo que en otro, y siempre que los autores habían ajustado por otros factores de riesgo fue la cifra ajustada la que entró en el análisis conjunto.
La confianza en el propio equilibrio suspendió el examen que la preocupación aprobó. Nueve estudios la midieron con la Activities-Specific Balance Confidence, una escala que pregunta hasta qué punto uno está seguro de que no va a perder el equilibrio en tareas cotidianas. Al juntarlos, la puntuación no mostró ninguna relación con quién se caía después (odds ratio de 0,97, con un rango de 0,93 a 1,01 que incluye holgadamente la ausencia total de efecto). Los autores fueron tajantes sobre la consecuencia práctica y escribieron que la confianza en el equilibrio no debería formar parte de las evaluaciones estandarizadas del riesgo de caídas, y señalaron que quien tiene poca confianza pero ninguna preocupación activa no está necesariamente en mayor riesgo.
La explicación más probable es un círculo que se alimenta a sí mismo. La preocupación por caerse afecta hasta a la mitad de las personas mayores de 60 años, y los autores describen la relación como bidireccional: una caída genera miedo, y ese miedo genera más caídas. El mecanismo es de una vulgaridad desalentadora. El miedo lleva a saltarse el paseo y a esquivar las escaleras, y el equilibrio se comporta como un idioma, en el sentido de que cuanto menos se habla más cuesta hablarlo. Los trabajos de laboratorio que cita la revisión apuntan en la misma dirección: quienes caminan con ansiedad adoptan un estilo excesivamente prudente que en realidad no es más seguro.
Nada de esto demuestra una causa. Todos los estudios incluidos eran observacionales, así que una persona preocupada que se cae puede ser sencillamente alguien cuyo cuerpo ya está fallando y que se ha dado cuenta con acierto. Los autores se apoyaron en los criterios de Bradford Hill, una lista de comprobación que los epidemiólogos usan para argumentar que una asociación es probablemente causal, pero una lista de comprobación es un argumento, no un experimento, y ellos mismos calificaron su certeza de moderada y no de alta. La mitad de los trabajos incluidos recibió una calificación de calidad pobre, la mayoría por no controlar factores de confusión evidentes o por pedir a la gente que recordara caídas de hacía meses, y casi todos excluyeron a quienes tenían deterioro cognitivo o neurológico, lo que deja fuera a una parte enorme de las personas que de verdad se caen. El resultado nulo de la confianza en el equilibrio merece su propio asterisco: se apoya en 1.728 participantes, frente a casi 44.000 en el análisis de la pregunta única, y fue degradado por imprecisión.
La pregunta pendiente es si tratar el miedo consigue reducir las caídas. La revisión no pudo agrupar nada sobre caídas repetidas ni sobre caídas con lesión, que son las que acaban en el hospital, porque los estudios las definían de formas demasiado distintas para combinarlas. Los residentes de centros de larga estancia están prácticamente ausentes de la evidencia, con solo cuatro estudios reclutando en entornos residenciales. Lo que sí recomiendan los autores es barato: la versión corta del cuestionario, de siete ítems, se responde en menos de tres minutos y ya está validada. El ensayo difícil todavía no se ha hecho, y tendría que comprobar si el ejercicio, la terapia cognitivo-conductual y la terapia ocupacional dirigidas de lleno contra el miedo consiguen bajar con él la tasa de caídas.
Fuente: «Does concern about falling predict future falls in older adults? A systematic review and meta-analysis», publicado en la revista Age and Ageing (2025). Registro PROSPERO CRD42023387212. DOI: 10.1093/ageing/afaf089.








