¿Podría algo tan sencillo como una carencia de vitamina D estar marcando, en silencio, tu riesgo de demencia décadas después? Esa es la pregunta que se propuso responder un equipo de investigadores, y las cifras que encontraron son difíciles de ignorar.
La demencia ya afecta a decenas de millones de personas en todo el mundo, y la Organización Mundial de la Salud espera que esa cifra siga subiendo con fuerza en las próximas décadas. Los niveles bajos de vitamina D aparecen una y otra vez como uno de los factores modificables detrás de esa tendencia. Los investigadores combinaron datos de 22 estudios observacionales con 53.122 participantes de Europa, Asia y Norteamérica, publicados entre 2014 y 2024, para obtener la imagen más clara hasta la fecha de cómo se relacionan ambas cosas.
La cifra principal es contundente. Las personas con los niveles más bajos de vitamina D tuvieron un riesgo un 49% mayor de desarrollar demencia que las que tenían los niveles más altos (riesgo relativo 1,49; IC del 95%: 1,32 a 1,67). El equipo también comprobó si la relación se mantiene de forma gradual y no solo en los extremos, y así es. Por cada aumento de 10 nmol/L de vitamina D en sangre, el riesgo de demencia bajó alrededor de un 1,2%, en línea recta y sin señales de estancarse o invertirse.
Por sí solo, ese 1,2% no va a cambiar mucho la vida de una persona concreta. Lo relevante ocurre a escala poblacional. La carencia de vitamina D es extremadamente común, y los autores calculan que llevar a una población desde niveles deficientes (por debajo de 25 nmol/L) hasta un rango suficiente (50 a 75 nmol/L) podría traducirse en una reducción del riesgo de demencia de entre el 3,6% y el 6%, un cambio nada desdeñable si se aplica a millones de personas.
La asociación no fue igual de fuerte en todas partes. Las cohortes asiáticas mostraron el vínculo más marcado, con más del doble de riesgo en el grupo con menos vitamina D (RR 2,05), mientras que los estudios europeos y norteamericanos mostraron una relación más moderada. Los estudios de casos y controles también reportaron asociaciones más fuertes que los estudios de cohortes a largo plazo, algo que los propios autores señalan como una posible señal de sesgo de memoria más que de biología pura.
Detrás de las cifras hay una historia biológica plausible. Los receptores de vitamina D abundan en el hipocampo, la región cerebral más ligada a la memoria, y la vitamina D parece reducir la acumulación de amiloide, limitar los cambios en la proteína tau, calmar la inflamación del sistema nervioso central y favorecer la salud de los vasos sanguíneos, todos procesos implicados en cómo se desarrolla la demencia.
Nada de esto demuestra que la falta de vitamina D cause demencia, y los propios investigadores lo dejan claro. Se trata de un análisis de estudios observacionales, del tipo que puede detectar un patrón pero no puede descartar que sea otra cosa por completo (fragilidad general, pasar menos tiempo al aire libre, una dieta peor en conjunto) la que esté detrás tanto de la vitamina D baja como del mayor riesgo de demencia al mismo tiempo. Solo los ensayos aleatorizados, en los que a las personas se les asigna tomar vitamina D o no, pueden confirmar si suplementarla reduce realmente el riesgo. Esos ensayos todavía están pendientes.
Mientras tanto, la conclusión práctica es modesta pero razonable. Tomar el sol con moderación, comer alimentos ricos en vitamina D y corregir una carencia clara ya se recomiendan por la salud ósea y general, y este análisis añade la salud cognitiva como un motivo más para no dejar que esos niveles bajen demasiado.
El estudio, «Association of vitamin D with risk of dementia: a dose-response meta-analysis of observational studies», fue liderado por Yaping Huang y su equipo del Hospital Shougang de la Universidad de Pekín y publicado en Frontiers in Neurology (2025). DOI: 10.3389/fneur.2025.1649841.








