5 de septiembre de 2026
Salud

¿Reducir la grasa saturada realmente ayuda a vivir más años?

¿Reducir la grasa saturada realmente ayuda a vivir más años?

Reducir la mantequilla, el queso y los cortes grasos de carne no va a añadir automáticamente ni un solo año a tu vida. Según la revisión más completa de la evidencia disponible hasta ahora, sí es muy probable que reduzca tus probabilidades de sufrir un infarto u otro episodio cardiovascular relacionado con la acumulación de placa, aunque no tanto como sugería el mensaje de salud pública de las últimas décadas.

Un equipo del Instituto de Investigación Nutricional de Perú combinó 21 metaanálisis anteriores que incluían tanto ensayos aleatorizados como estudios de cohortes a largo plazo, con más de 480.000 participantes en los conjuntos de datos más sólidos, para resolver una pregunta que las guías de cardiología han respondido con más seguridad de la que respaldan realmente los datos.

La señal más clara viene de los ensayos controlados, y apunta a una protección real. En la evidencia aleatorizada de mayor calidad, procedente de 15 ensayos y más de 56.000 participantes seguidos hasta nueve años, las personas que redujeron su ingesta de grasa saturada tuvieron un 21% menos de eventos cardiovasculares combinados que quienes siguieron comiendo igual. Ese mismo ensayo encontró además descensos medibles en el colesterol total, el colesterol LDL, el peso corporal y el índice de masa corporal del grupo con menos grasa saturada.

Pero esa misma evidencia no encontró ningún efecto sobre cuánto vivía realmente la gente. La mortalidad por cualquier causa, la mortalidad cardiovascular y las muertes por cáncer fueron estadísticamente iguales entre el grupo que redujo la grasa saturada y el que no, en ensayos que llegaron hasta los nueve años. Los propios autores apuntan que nueve años puede ser sencillamente una ventana demasiado corta para captar una diferencia en mortalidad, ya que una enfermedad cardiovascular que empieza a los 45 años a menudo no mata hasta décadas después.

El panorama se complica al salir del laboratorio y mirar el mundo real. En 18 estudios de cohortes que siguieron a cientos de miles de personas durante hasta tres décadas, una mayor ingesta de grasa saturada se asoció con un aumento relativo del 10% en la mortalidad por enfermedad coronaria y del 51% en la mortalidad por cáncer de mama. Sin embargo, esos mismos datos a largo plazo tampoco encontraron diferencias significativas en la mortalidad general ni en la cardiovascular, y de forma contraintuitiva relacionaron una mayor ingesta de grasa saturada con una menor tasa de ictus, un patrón que los propios autores no lograron explicar del todo y que señalan como pendiente de más investigación.

La correlación tiene mucho peso en esa segunda mitad de la historia. Los estudios de cohortes comparan a personas que ya comían de forma distinta por su cuenta, no a personas asignadas al azar a una dieta, así que factores como el nivel de ingresos, la calidad general de la dieta o el hábito de hacer ejercicio pueden acompañar en silencio a la ingesta de grasa saturada y condicionar el resultado. De hecho, la propia herramienta de calidad usada en la revisión calificó a la gran mayoría de esos metaanálisis de cohortes como de confianza «críticamente baja», mientras que la evidencia de ensayos aleatorizados sobre eventos cardiovasculares se calificó como de calidad moderada a alta.

Nada de esto le da a la grasa saturada un certificado de inocencia total, pero sí desmonta la idea de que reducirla sea una forma garantizada de vivir más años. Los autores concluyen que reducir la grasa saturada probablemente sí reduce los eventos cardiovasculares, pero tiene poco o ningún efecto medible sobre la muerte por cualquier causa, y defienden que los límites dietéticos generales deberían dar paso a recomendaciones personalizadas según el estado de salud real de cada persona, sus ingresos y sus factores de riesgo existentes.

Fuente: A. Aramburu et al., «Effect of reducing saturated fat intake on cardiovascular disease in adults: an umbrella review», Frontiers in Public Health (2024). DOI: 10.3389/fpubh.2024.1396576

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