La diabetes tiene una lista de complicaciones a largo plazo bien conocida: daño en los ojos, en los riñones, en los nervios. Los oídos casi nunca aparecen en esa lista. Una nueva revisión sistemática con metaanálisis, publicada en Diabetes/Metabolism Research and Reviews, sostiene que dejarlos fuera es un error. Investigadores de la Universidad de Queensland y la Universidad de Monash, en Australia, junto con colegas de Pakistán, combinaron los datos de 29 estudios y encontraron que las personas con diabetes cargan con un problema auditivo que la mayoría de los pacientes no ve venir.
Las cifras son lo bastante grandes como para tomárselas en serio. El equipo revisó cinco bases de datos, PubMed, Scopus, Web of Science, SPORTDiscus y CINAHL, con estudios publicados entre 2000 y 2025, y registró su protocolo en PROSPERO antes de empezar. De 3.490 registros examinados, 29 estudios cumplieron los criterios de calidad. Al combinar 23 de ellos, con 5.221 personas en total, la tasa de pérdida auditiva de moderada a grave (el nivel a partir del cual seguir una conversación cuesta de verdad) salió en un 24%. Dicho de forma simple: aproximadamente uno de cada cuatro adultos con diabetes.
Tener diabetes prácticamente duplica las probabilidades de sufrir pérdida auditiva. En los 11 estudios que compararon directamente a personas con y sin diabetes, las probabilidades de pérdida auditiva de moderada a grave fueron 2,41 veces mayores en quienes tenían diabetes (intervalo de confianza del 95%: 1,62 a 3,60). Es un salto considerable para una complicación que casi nunca se menciona en una revisión rutinaria de diabetes.
El riesgo es en realidad mayor en los adultos más jóvenes. Esta es la parte que rompe con la suposición habitual. En menores de 60 años, la diabetes triplicó las probabilidades de pérdida auditiva (OR 3,03). En mayores de 60, la relación fue más débil y no llegó a ser estadísticamente significativa (OR 1,52). Si la pérdida auditiva ligada a la diabetes fuera simplemente el deterioro propio de la edad llegando puntual a su cita, cabría esperar el patrón contrario. En cambio, todo apunta a que es la propia diabetes la que acelera un daño que aparece mucho antes de lo que la edad, por sí sola, explicaría.
El lugar donde vives cambia el panorama de forma drástica. En países de ingresos bajos y medios, la diabetes se asoció con un riesgo 4,51 veces mayor de pérdida auditiva. En países de ingresos altos, el aumento fue menor, 1,78 veces. Los autores apuntan a explicaciones probables: menos acceso a un buen control glucémico, más exposición a ruido en el entorno laboral y menos acceso a atención audiológica en los países con menos recursos, aunque la revisión no pudo comprobar directamente estas causas.
Incluso un tiempo relativamente corto con diabetes parece importar. Quienes llevaban menos de 10 años con diabetes ya mostraban unas probabilidades 2,68 veces mayores de pérdida auditiva. Solo un estudio analizó a personas con 10 años o más de diabetes (con una cifra todavía mayor, OR 4,57), muy poco dato como para sacar una conclusión firme sobre si el riesgo sigue subiendo cuanto más tiempo lleva alguien con la enfermedad, pero suficiente para sugerir que la pérdida auditiva no es algo que solo aparezca décadas después del diagnóstico.
La explicación más probable es el daño a los vasos sanguíneos y nervios diminutos del oído. Ya se sabe que el azúcar alto y mantenido en el tiempo daña los pequeños vasos sanguíneos de los ojos y los riñones. Ese mismo proceso, explican los investigadores, parece llegar hasta la cóclea: microangiopatía, estrés oxidativo y daño nervioso se combinan para lesionar las estructuras sensoriales del oído interno, lo que produce con el tiempo una pérdida auditiva de tipo neurosensorial.
Esto es sobre todo correlación, no un experimento controlado, y los propios autores lo reconocen. Casi todos los estudios incluidos son transversales, es decir, midieron la audición en un único momento en vez de seguir a las personas durante años, lo que hace imposible demostrar que la diabetes cause directamente la pérdida auditiva y no que simplemente aparezca junto a ella. El análisis también detectó indicios de sesgo de publicación (test de Egger, p = 0,019), lo que sugiere que podrían faltar estudios pequeños con resultados negativos, aunque los investigadores afirman que sus resultados principales se mantuvieron firmes en los análisis de sensibilidad. Los datos sobre prediabetes en concreto proceden de un único estudio, insuficiente para sacar conclusiones sobre esa fase previa.
La lectura práctica: las revisiones auditivas deberían formar parte del cuidado de la diabetes. Los autores no están sugiriendo que haya que alarmarse por la audición. Proponen algo mucho más sencillo y, dicen, ya tardío: la audiometría, una prueba barata y de poco esfuerzo, debería incorporarse de forma rutinaria al manejo de la diabetes, igual que ya ocurre con las revisiones de ojos y riñones, sobre todo en pacientes jóvenes y en lugares donde el acceso a la atención auditiva es limitado.
Fuente: Nisar M, Karatela S, Rajagopal A, Ahmed BN, Dawes P. «Hearing Loss in Adults With Diabetes and Prediabetes: A Systematic Review and Meta-Analysis.» Diabetes/Metabolism Research and Reviews, 2026. DOI: 10.1002/dmrr.70195.








