Los treintañeros ingleses de hoy fuman menos que sus padres a su edad. Beben menos y comen mucha menos carne roja. Aun así, cada vez más reciben un diagnóstico de cáncer. Esa contradicción es el punto de partida de un análisis de los registros nacionales de Inglaterra que se planteó una pregunta directa: ¿pueden los hábitos de siempre explicar por qué aumenta el cáncer en adultos jóvenes? En casi todos los casos, la respuesta es que no.
El trabajo, dirigido por Montserrat García-Closas y Amy Berrington de González y publicado en la revista BMJ Oncology, siguió los diagnósticos de cáncer en Inglaterra entre 2001 y 2019. En los adultos de 20 a 49 años, las tasas subieron en 16 de los 22 tipos de cáncer estudiados en mujeres y en 11 de 21 en hombres. Después, los investigadores compararon esas curvas con dos décadas de encuestas nacionales de salud sobre tabaco, alcohol, dieta, peso y ejercicio. Solo un factor fue a peor en ese tiempo: el exceso de peso. Y ni siquiera ese, concluyen los autores, basta para explicar todo el aumento.
Once cánceres quedaron bajo la lupa. El equipo se centró en los que crecían en adultos jóvenes y ya tenían factores de riesgo de conducta bien establecidos. La lista quedó así: tiroides, hígado, riñón, vesícula biliar, colorrectal, páncreas, endometrio (el revestimiento del útero), boca, mama y ovario, más el mieloma múltiple, un cáncer de las células plasmáticas de la médula ósea. Diez de los once están ligados a la obesidad. La excepción es el cáncer de boca.
El colorrectal y el de ovario rompieron la norma. La mayoría de los once también subía en los mayores de 50, a menudo a un ritmo parecido, lo que apunta a causas compartidas entre edades. Dos no encajaban. El cáncer colorrectal creció en los jóvenes mientras se mantenía estable en los mayores, y el de ovario aumentó en las mujeres jóvenes mientras caía en torno a un 1,3 % al año en las mayores. Otros, como el de endometrio, riñón, páncreas, tiroides y el mieloma múltiple, subieron más deprisa en las mujeres jóvenes que en las mayores. En los hombres, solo el mieloma múltiple mostró esa subida más rápida en el grupo joven.
Los hábitos, en general, mejoraron. La proporción de fumadores entre los adultos jóvenes ha bajado alrededor de un 2 % al año, en términos relativos, desde 1995. El consumo moderado y alto de alcohol retrocedió a partir de 2011. El cambio más brusco estuvo en el plato. Entre 2008 y 2018, el hombre joven típico pasó de unos 38 gramos de carne roja al día a 17, de algo así como una hamburguesa pequeña a menos de la mitad. Las mujeres jóvenes bajaron de 22 a 10 gramos. La fibra siguió siendo un punto flaco, con más de nueve de cada diez jóvenes por debajo de lo recomendado en 2018, pero esa cifra no empeoró. Si estos hábitos estuvieran detrás del aumento, los datos tendrían que ir en sentido contrario.
El peso es lo único que no dejó de subir. La obesidad creció sin pausa desde 1995 en todos los grupos de adultos, y sobre todo en las mujeres jóvenes, alrededor de un 2,6 % al año en términos relativos. En 2019, casi tres de cada diez mujeres jóvenes tenían obesidad, frente al 23 % de los hombres jóvenes. La subida fue más pronunciada en las zonas más desfavorecidas de Inglaterra que en las más acomodadas, y allí el tabaco también bajó más despacio. El único factor que empeora no se reparte por igual.
Los factores conocidos siguen pesando mucho. Esto es fácil de perder de vista. El análisis calculó la «fracción atribuible poblacional», es decir, la parte de los casos de una población que puede ligarse a una exposición concreta. Según el cáncer, iba del 7 % al 65 % en los adultos jóvenes. En el colorrectal, tabaco, alcohol, dieta, sedentarismo y peso explicaban juntos más o menos la mitad de los casos en hombres jóvenes y casi cuatro de cada diez en mujeres jóvenes. El peso por sí solo iba del 5 % de los cánceres de ovario al 37 % de los de endometrio. Dicho de otro modo, estos factores cuentan muchísimo en cuánto cáncer hay. Lo que no explican es por qué ahora hay más.
Incluso quitando el peso, las tasas siguieron subiendo. Aquí está la clave del estudio. Los investigadores dividieron la incidencia de cada cáncer en dos partes: los casos atribuibles al índice de masa corporal (IMC) y los que no. Si la obesidad lo explicara todo, la segunda parte se habría quedado plana. No fue así. En el cáncer colorrectal de las mujeres jóvenes, la parte ligada al IMC creció cerca de un 4,3 % al año, pero la que no tenía relación con el peso también creció, un 3,2 % al año. El de endometrio dibujó lo mismo, un 3,8 % frente a un 1,7 %. El peso acelera. Pero algo más empuja.
Los sospechosos nuevos tampoco encajan del todo. Los autores revisaron también las exposiciones que se han propuesto como culpables del cáncer precoz. Los ultraprocesados suponen una parte enorme de lo que se come en el Reino Unido, en torno al 63 % de la energía en 2019, pero esa proporción se ha mantenido o ha bajado un poco. El consumo de bebidas azucaradas cayó con fuerza entre 2008 y 2016. La contaminación del aire lleva décadas bajando, y las recetas de antibióticos se reducen desde 2006. La excepción es la obesidad infantil, que pasó del 17,5 % al 22,7 % en niños de 10 y 11 años entre 2006 y 2023. La verdad es que la lista de candidatos que de verdad empeoraron es corta. Los autores señalan el microbioma intestinal como algo que merece estudiarse más, y citan un trabajo previo que halló en tumores colorrectales una huella de daño en el ADN ligada a la colibactina, una toxina que fabrican algunas bacterias del intestino, más frecuente en los casos precoces.
Son tendencias, no causas. El estudio es descriptivo y ecológico, lo que significa que compara medias de población a lo largo del tiempo en lugar de seguir a personas concretas, y los autores dejan claro que no permite establecer causa y efecto. Supone un desfase de diez años entre la exposición y el diagnóstico, y si el retraso real es mayor, el efecto del peso podría estar infravalorado. Algunos datos de encuestas eran escasos: el sedentarismo solo se midió en cinco momentos entre 2003 y 2012. Las encuestas dependen de lo que declara cada persona, que suele quedarse corta con el alcohol y pasarse con el ejercicio. Los cambios en el cribado y el diagnóstico también pueden influir, y los autores mencionan indicios de posible sobrediagnóstico en algunos de los cánceres que subieron, como el de tiroides, riñón y mama. El programa de cribado de cáncer colorrectal para mayores, implantado a mediados de los años 2000, podría explicar parte de la diferencia por edad, aunque las tasas ya eran distintas antes de que arrancara. Y el análisis solo abarca Inglaterra.
La carga mayor sigue estando en los mayores. En casi todos los cánceres estudiados, las tasas siguen siendo mucho más altas a partir de los 50 que antes, con el de tiroides como principal excepción. Para los autores, eso obliga a seguir estudiando el riesgo a todas las edades, sin perder de vista cánceres como el colorrectal, cuyo aumento se limita a las generaciones jóvenes y sugiere algo que ocurre al principio de la vida. Sus próximas preguntas apuntan a la infancia e incluso a la etapa previa al nacimiento, a cómo pueden sumarse varios factores débiles y a qué parte del aumento se debe a que, sencillamente, ahora se detectan más tumores. Por ahora, la conclusión más sólida es negativa: la lista habitual de riesgos de estilo de vida, salvo el peso, no es lo que está detrás de la subida.
Fuente: García-Closas, M., Richards, Z., Frost, R., Gunter, M. J., Berrington de González, A. «Temporal trends in behavioural risk factors for cancers with rising incidence in younger adults: an analysis of population-based data in England». BMJ Oncology (2026). DOI: 10.1136/bmjonc-2025-000966
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