Una grieta fina recorre la coronilla de un cráneo antiguo guardado en un almacén de Cambridge. Alrededor, alguien extendió hace un siglo una capa de cera de parafina para que el hueso no se deshiciera. Ese alguien fue casi con seguridad Flinders Petrie, uno de los arqueólogos más meticulosos de su época, y la cera indica que vio la fractura. Lo que no hizo fue entenderla como una herida.
Cien años después, esa lectura se ha corregido. Un nuevo análisis de 46 cráneos de los sirvientes enterrados junto a los primeros reyes de Egipto, en Abydos, encuentra señales de golpes potencialmente mortales en 18 de ellos, casi dos de cada cinco. El trabajo, publicado el lunes 5 de octubre en la revista Frontiers in Environmental Archaeology, da peso a uno de los bandos de un viejo debate: el de quienes sostienen que hubo sacrificios humanos en el antiguo Egipto justo al nacer el Estado, y que se mataba a miembros de la corte para que acompañaran al rey en la muerte.
Las tumbas rodean a las de los primeros soberanos de Egipto. El lugar es Umm el-Qaab, un cementerio real de Abydos, en el sur del país. Durante la Primera Dinastía, hace unos 5.000 años, los primeros reyes del Egipto unificado construyeron allí sus tumbas de cámara y, cerca, recintos amurallados que probablemente servían para los ritos funerarios. Alrededor de ambos se excavaron hileras de fosas más pequeñas, a veces cientos para un solo monarca. Los arqueólogos llaman a sus ocupantes «servidores», un término de cajón para la casa real y la corte. Donde se conservaron estelas, los títulos remiten a funcionarios de rango bajo y medio: portadores del sello, inspectores, artesanos, incluso un médico. Entre los cráneos no hay niños y casi no hay ancianos, lo que encaja con una plantilla de cortesanos en activo.
Petrie sospechó un sacrificio, pero no pudo demostrarlo. Excavó las fosas de los recintos a principios de los años veinte. Muchas parecían haberse llenado y sellado a la vez, y a él le costaba creer en una cadena de muertes naturales. Pero no encontró traumatismos en los esqueletos. Así que recurrió a una idea más sombría. En 1925 sugirió que quizá los habían «aturdido (tal vez con un saco de arena) y enterrado antes de que volvieran en sí». Otros estudiosos le llevaron la contraria: para ellos, aquella gente murió de causas naturales con el tiempo y fue sepultada junto a su rey. Durante casi un siglo, ambos bandos discutieron sobre las notas originales de Petrie, porque nadie había vuelto a estudiar los huesos con métodos modernos.
Solo los cráneos sobrevivieron al viaje. Roselyn Campbell, antropóloga de la Universidad Purdue (Indiana) y única autora del estudio, trabajó con lo que queda. Petrie midió los huesos largos y después los volvió a enterrar todos juntos en un mismo foso, de modo que el resto de cada esqueleto está, a efectos prácticos, perdido. Los cráneos viajaron a Inglaterra, muchos cubiertos de cera. Hoy hay 46 en la Colección Duckworth de la Universidad de Cambridge. Proceden de las fosas que rodean los recintos de los reyes Djer y Djet y de Merneith, una reina que gobernó como regente durante la minoría de edad de su hijo.
Casi todas las lesiones son grietas rectas y únicas. La herida más frecuente que encontró Campbell es una fractura lineal, una rotura recta que cruza la bóveda craneal, la cúpula del cráneo. En los cráneos de Abydos esas grietas atraviesan siempre los huesos parietales, en la parte alta y superior de los lados de la cabeza. Unos pocos muestran otro tipo de herida: un objeto afilado clavado en el lateral de una cabeza y un tajo en un ojo. Según explica Campbell en el estudio, las fracturas lineales se producen cuando el cráneo golpea o recibe el golpe de un objeto bastante grande con poca fuerza total, y como el cráneo es redondeado, el impacto se reparte por toda su superficie. No siempre matan en el acto. Pero a menudo provocan hemorragias dentro del cráneo, que sin cirugía pueden llevar a la pérdida de conciencia y a la muerte. Y nadie a orillas del Nilo, hace 5.000 años, podía drenar un hematoma.
La cera delató a Petrie. Aquí está la clave: las grietas nunca estuvieron ocultas. Campbell señala que Petrie solía aplicar la parafina justo alrededor de las fracturas, señal de que sabía que esas zonas eran frágiles. Lo que le faltaba era el conocimiento forense para distinguir una rotura producida en torno a la muerte de otra causada por siglos de arena y peso. El hueso fresco conserva humedad, así que se dobla un poco antes de partirse y deja bordes afilados, superficies en ángulo y roturas en bisagra. El hueso seco se astilla de forma irregular. Esa diferencia, fruto de un siglo de casos forenses y experimentos de laboratorio, sencillamente no existía en tiempos de Petrie.
El arma probablemente no fue una maza. El arte egipcio está lleno de escenas de «golpeo», en las que el rey alza una maza sobre un enemigo arrodillado, y es tentador imaginar así la muerte de los servidores. Los cráneos lo desmienten. Los experimentos que cita el estudio muestran que las mazas y martillos de piedra, incluso los pequeños, dejan fracturas hundidas, como la abolladura que queda al apretar con el pulgar una pelota de ping-pong. Las grietas rectas y únicas de Abydos suelen deberse a objetos planos y anchos de un material más ligero que la piedra, como la madera o el asta. Mejor pensar en una pala que en un garrote. Campbell recuerda además que esas escenas muestran al rey matando a enemigos extranjeros, no a sus propios funcionarios.
Los accidentes no encajan bien con el patrón. Los estudios forenses indican que las lesiones situadas por encima de la «línea del ala del sombrero», más o menos donde descansaría el ala, suelen deberse a golpes intencionados y no a caídas, en parte porque al caer uno se protege la cabeza por instinto. Campbell admite que una caída desde de pie puede a veces agrietar el cráneo de forma parecida, pero sería raro que tantas personas de una muestra tan pequeña cayeran igual. Y arrojar los cuerpos a las fosas con fuerza suficiente para romper un cráneo, o que el techo se les viniera encima, habría dañado también otros huesos y el ajuar.
La historia de los enterrados vivos no se sostiene. Petrie interpretó unas extremidades abiertas y una cabeza alzada y girada como señales de gente que forcejeaba bajo la tierra que caía. Campbell sostiene que esas posturas se explican mejor por cómo se mueven los cuerpos al descomponerse, o por cadáveres colocados o lanzados a las fosas con prisa. El hombre que, según Petrie, intentaba incorporarse tenía el brazo izquierdo totalmente estirado, una forma torpe e inestable de levantar el torso. Tampoco convence la idea de que los servidores se enterraran primero en otro sitio y se trasladaran después. Los huesecillos de manos y pies seguían en su lugar, justo lo que cabe esperar de un cuerpo que nunca se movió.
El estudio no puede zanjar todos los detalles. Campbell es franca con las lagunas. Los cráneos conservados representan solo entre el 5 % y el 15 % de las personas enterradas en torno a cada recinto, así que la muestra puede no reflejar al grupo entero. Sin el resto de los esqueletos, cuesta precisar otras lesiones e incluso datos básicos como el sexo y la edad. La cera tapa las diferencias de color que normalmente ayudan a fechar una fractura. Y «perimortem», el término forense para las lesiones en torno a la muerte, abarca un margen que va de justo antes a justo después. El estudio lo dice sin rodeos: no hay forma de demostrar que estas heridas causaran la muerte, aunque tampoco hay pruebas de que se produjeran después. Más de la mitad de los cráneos no muestran ese tipo de lesión, así que parte de estas personas pudo morir de otra manera.
Abydos no es el único cementerio real que se está releyendo. En Ur, en el actual Irak, Leonard Woolley halló por las mismas fechas a sirvientes de la corte dispuestos en tumbas reales e imaginó que habían bebido veneno y se habían dormido en paz. Cuando un equipo de la Universidad de Pensilvania escaneó después dos de aquellos cráneos con TAC, encontró traumatismos contundentes graves. En Kerma, en Sudán, en cambio, una nueva revisión no halló lesiones claras en los sirvientes sacrificados, aunque el sellado de cada túmulo de una sola vez apunta al sacrificio. La verdad, ese contraste es parte de lo que hace tan intrigante a Abydos. Si a unos servidores los golpearon y a otros no, puede que no todos murieran del mismo modo.
Las próximas respuestas quizá ya estén en los cajones de algún museo. La costumbre parece haber durado poco. Aha, el primer soberano de la dinastía, tuvo apenas unas pocas sepulturas secundarias, sus sucesores tuvieron cientos, y las fosas desaparecen con el inicio de la Segunda Dinastía. Campbell escribe que la hipótesis original de Petrie sobre el sacrificio de servidores «puede ser correcta» y que los funerales de estos primeros reyes fueron seguramente «más matizados y variados de lo que cabría esperar». Su argumento de fondo va sobre colecciones como esta. Muchos esqueletos excavados hace un siglo o más siguen en almacenes, cargando con las conclusiones de quien los desenterró. Algunas de esas conclusiones aguantarán. Otras, como una grieta sellada bajo la cera, esperan a que alguien vuelva a mirar.
Fuente: Campbell, R. A. «New data from old bones: using bioarchaeology and forensics to reassess legacy data from ancient Abydos, Egypt». Frontiers in Environmental Archaeology 5, 1858940 (2026). Publicado el 5 de octubre de 2026. DOI: 10.3389/fearc.2026.1858940
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