5 de septiembre de 2026
Organismos

La genética descubre que el colibrí más grande del mundo llevaba dos especies escondidas

La genética descubre que el colibrí más grande del mundo llevaba dos especies escondidas

En 1834, Charles Darwin observó desde la costa chilena la llegada de los colibríes gigantes con la primavera, procedentes, según sus propias palabras, de los desiertos resecos del norte. Estaba presenciando una de las migraciones más extremas jamás registradas en un colibrí, sin saberlo. Tampoco sabía que las aves que tenía delante no eran una sola especie, sino dos, separadas por millones de años de evolución independiente y con un plumaje casi idéntico.

El colibrí gigante ya era el miembro más extraño de su familia. De las 363 especies de colibríes conocidas, es la más distinta desde el punto de vista filogenético, con una rama evolutiva propia desde hace unos 14 millones de años. Pesa entre 17 y 31 gramos, aproximadamente el doble que el siguiente colibrí más grande, y ocupa el rango de climas más amplio de todo el grupo, desde matorrales al nivel del mar hasta altiplanos andinos. Esa amplitud climática era el enigma que el equipo investigador quería explicar, usando transmisores satelitales, geolocalizadores, análisis de sangre y secuenciación genómica completa.

El rastreo reveló un viaje que nadie había cartografiado antes. Ocho aves marcadas en Chile completaron migraciones circulares de entre 5457 y 8335 kilómetros de ida y vuelta, con una media de 6578 kilómetros, hacia el norte a lo largo de los Andes, atravesando Argentina, Bolivia y Perú, hasta llegar a sus zonas no reproductivas en Perú entre mayo y julio. El regreso primaveral a través del desierto de Atacama duraba unos 30 días y coincidía con la floración de cactus columnares a lo largo de la ruta. Durante casi dos siglos el destino de esta migración fue un misterio, simplemente porque no existía tecnología capaz de rastrear un ave tan ligera.

La forma en que estas aves ganan altitud recuerda de forma inquietante al montañismo humano. La migración implica un cambio de elevación de más de 4100 metros, y las aves no lo afrontan de golpe. Ascienden en ráfagas, se detienen varios días a media altitud y vuelven a subir, la misma estrategia por etapas que usan los alpinistas para aclimatarse. Su sangre hace lo propio. La concentración de hemoglobina sube 2,7 gramos por decilitro y el hematocrito 7,1 puntos porcentuales durante el ascenso, acercándose al perfil de las aves que viven de forma permanente en altitud, e incluso superándolo en el caso del hematocrito. Esa sobrecompensación podría ser uno de los costes fisiológicos de una vida migratoria.

Los genomas contaron una historia que el plumaje llevaba siglos ocultando. El equipo secuenció genomas completos de 36 individuos y reunió datos genéticos de 101 aves en total. En lugar de una sola especie variable, encontraron dos linajes reproductivamente aislados que divergieron hace entre 2,1 y 3,4 millones de años, a finales del Plioceno, coincidiendo con el gran levantamiento del altiplano andino central. El FST genómico medio alcanzó 0,61, un nivel de diferenciación que implica un aislamiento reproductivo casi total durante muchísimo tiempo. Entre 101 aves muestreadas apareció exactamente un híbrido claro, pese a que ambas especies comparten territorio parte del año.

El aspecto externo, simplemente, dejó de evolucionar. Al analizar 361 especímenes físicos, las diferencias se reducían a variaciones sutiles en la longitud del pico, las alas, la cola y el tarso, más el color de la garganta, y los modelos estadísticos solo lograban asignar correctamente la especie en torno al 80% de las veces a partir de medidas externas. Por dentro, la divergencia es más clara. Las aves residentes de gran altitud tienen alrededor de un 23% más de masa pulmonar que las migratorias a baja altitud, y ambas especies comparten una variante de hemoglobina que en el resto de colibríes solo aparece en especies que viven de forma permanente a altitudes extremas, un legado genético que las aves migratorias conservan incluso criando a nivel del mar.

Corregir el registro exigió deshacer un error de hace siglo y medio. Una supuesta subespecie llamada «peruviana» se había descrito a partir de especímenes recogidos en Perú durante la temporada no reproductiva, justo cuando ambos linajes coinciden allí. Secuenciar esos mismos ejemplares tipo mostró que la serie mezclaba tres aves del norte con una del sur, y las colecciones de museos de todo el mundo llevaban aplicando ese nombre a mezclas de ambas especies desde entonces. Los autores lo declaran nomen dubium, un nombre inválido.

La especie nueva lleva el nombre de los corredores del Imperio Inca. Patagona chaski toma su nombre de la palabra quechua para «mensajero», en honor a los chaski, los corredores de relevos célebres por su resistencia en terreno montañoso, el mismo terreno que ocupa y poliniza esta ave. El holotipo procede de Cusco, Perú, a 4030 metros de altitud, con 37 paratipos adicionales. La especie vive todo el año, sin migrar, por los Andes de Ecuador, Perú, Bolivia y el extremo norte de Chile y Argentina, entre aproximadamente 1800 y 4300 metros. Es, en promedio, ligeramente más grande que su pariente del sur, lo que la convierte en el colibrí más grande del planeta.

Ese rango climático tan célebre nunca existió como tal. Era la suma de dos nichos pertenecientes a dos aves distintas, una que desarrolló una migración altitudinal extrema y otra que se quedó en la montaña. Que una especie tan llamativa y ahora récord mundial permaneciera sin describir durante doscientos años recuerda hasta qué punto el estancamiento en el aspecto externo puede esconder una divergencia biológica profunda.

Fuente: Williamson, J.L. et al., «Extreme elevational migration spurred cryptic speciation in giant hummingbirds», publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (2024). DOI: 10.1073/pnas.2313599121.

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