Dieciséis caballos. Es lo único que se creía que quedaba en 1966 de la manada que vive en las tierras baldías del oeste de Dakota del Norte, dentro del parque nacional Theodore Roosevelt. En 2013 ya eran más de doscientos, y durante décadas nadie supo bien de qué raza venían ni cómo habían llegado allí.
El ADN responde en parte. Un análisis genético de casi toda la manada concluye que los caballos salvajes del parque Theodore Roosevelt proceden de una mezcla de razas domésticas y de al menos dos linajes maternos distintos. La mayoría de las madres remonta a un linaje muy común en América. Otra línea, en cambio, tiene a sus parientes más cercanos conocidos en China y Siberia. El origen exacto sigue sin aclararse, y la manada tiene menos variedad genética que casi todas las poblaciones con las que se comparó.
Un rodeo convertido en censo genético. El trabajo lo dirigió Igor Ovchinnikov, biólogo de la Universidad de Dakota del Norte, con personal del propio parque y genetistas de la Universidad Texas A&M. Se publicó el 1 de agosto de 2018 en la revista PLOS ONE. En un rodeo de 2013, el equipo recogió pelo de crin y de cola, con su raíz, de 196 caballos. En el parque vivían entonces 214, así que la muestra fue casi un censo completo.
De dónde vienen los caballos salvajes de Dakota del Norte
Barcos españoles, trueque tribal y ganado de rancho. El caballo (Equus caballus) se extinguió en América hace unos 10.000 años y volvió en el siglo XVI con los conquistadores españoles. A mediados del XVIII ya formaba parte de muchas culturas indígenas de las Grandes Llanuras, y las aldeas mandan, hidatsa y arikara de los ríos Misuri y Knife fueron grandes mercados de caballos hasta al menos 1850. Luego llegaron los ranchos. En 1883, un empresario de Medora compró 250 caballos requisados a los sioux lakota en Fort Buford, y algunos acabaron sueltos en las tierras baldías para criar. Con el ferrocarril y las conducciones de ganado no paraban de llegar animales nuevos, y lo más probable, según los autores, es que los ponis de las tribus y los caballos de rancho se cruzaran en libertad.
Una manada que cabía en un par de remolques. Del periodo que va de principios del siglo XX a 1947, cuando se creó el parque, apenas se sabe nada. Tras tocar fondo en 1966, el parque dejó que la manada creciera y la mantuvo a raya con rodeos y subastas, según el pasto disponible. En los años ochenta introdujo varios sementales para renovar la sangre, entre ellos un árabe, un cruce de shire y paint, un cuarto de milla y tres caballos de la Oficina de Gestión de Tierras (BLM). También pudo colarse algún caballo extraviado, aunque el parque está vallado desde 1956.
Caballos ferales o salvajes: qué es la manada del parque
Salvajes en su vida, domésticos en su origen. Los científicos llaman ferales a estos animales: descienden de caballos domésticos que volvieron a vivir por su cuenta. En ese sentido, la manada del parque es una gota en el mar frente a los unos 77.000 caballos ferales que recorren tierras públicas en diez estados del oeste. La verdad es que la palabra «feral» no dice nada de qué razas hay detrás de una manada. Eso era lo que tenía que contar el ADN.
Dos tipos de ADN, dos tipos de pista. El equipo leyó dos registros genéticos. El ADN mitocondrial es un pequeño anillo de genes que solo pasa de la madre al potro, así que sigue la línea femenina hacia atrás en el tiempo. Los microsatélites son tramos de ADN donde un código corto se repite como un tartamudeo. Llegan de los dos progenitores y muestran cuánta variedad tiene hoy un grupo. El equipo analizó doce de estos marcadores y comparó a los caballos del parque con decenas de razas y otras manadas ferales.
Lo que el ADN cuenta de los caballos del parque Theodore Roosevelt
Tres linajes maternos y uno que desentona. El equipo leyó el ADN mitocondrial de 187 caballos, y todos llevaban una de solo tres versiones. Dos de ellas, que llamaron L1 y L2, son casi gemelas. Pertenecen a una familia de linajes llamada haplogrupo L y aparecieron en 156 caballos, cinco de cada seis. El haplogrupo L es común en Europa y todavía más en América, seguramente porque lo trajeron los primeros colonos europeos. La tercera versión, del haplogrupo B, salió en los otros 31 caballos, todos de cuatro grupos familiares.
Los genomas completos afinaron la historia. Un tramo corto de ADN mitocondrial no bastaba para situar a la manada en el árbol de familia del caballo. Por eso el equipo leyó el genoma mitocondrial entero de un caballo de cada línea. Ninguno de los tres coincidía con nada de GenBank, la gran biblioteca pública de secuencias de ADN. Los dos genomas L se parecían mucho al de un caballo American Paint, y en un caso la diferencia era una sola letra que faltaba. El genoma B no tenía ningún pariente cercano. El más próximo era un pura sangre de carreras de China, a seis letras cambiadas y cuatro pequeñas deleciones. Detrás venían un caballo italiano, un caballo de Yunnan, en China, y un caballo yakuto de Siberia central.
Una conexión asiática que nadie esperaba. ¿Sabes qué la hace tan rara? Esos parientes sugieren que algunos caballos pudieron llegar a Norteamérica desde Siberia y el este de Asia, no solo desde Europa. Los autores la llamaron una hipótesis muy sugerente, pero recordaron que los registros de caballos llegados con exploradores y comerciantes rusos y chinos son escasos. También dieron una explicación más sencilla: el ADN mitocondrial de los caballos de Europa y Norteamérica está poco muestreado, así que el parecido con Asia puede deberse solo a huecos en las bases de datos. El ADN nuclear tampoco respaldó el vínculo siberiano. Un caballo yakuto entraba en la comparación y no se parecía en nada a la manada del parque.
El ADN nuclear apunta a un crisol de razas. Los doce marcadores separaron a los caballos del parque de 48 razas importantes. En un árbol genealógico quedaron junto al garrano, una raza semisalvaje de Portugal, pero otro análisis mostró que ese parentesco era flojo, y el garrano apenas ha aportado nada a los caballos norteamericanos. Todas las variantes genéticas encontradas ya se conocían en caballos domésticos. La explicación más probable, escribieron los investigadores, es una manada de razas domésticas mezcladas que perdió buena parte de su variedad cuando su número se desplomó. Sus dos linajes maternos se separaron hace unos 90.000 años, mucho antes de que se domesticara el caballo, así que la manada tiene al menos dos raíces maternas distintas.
Por qué preocupa la baja diversidad genética de la manada
Menos variedad que casi cualquier población comparada. Los caballos del parque salieron cortos en las dos medidas. La heterocigosidad es, a grandes rasgos, la proporción de genes en los que un caballo heredó dos versiones distintas de sus padres. La manada del parque marcó 0,621, frente a 0,716 de media en las manadas ferales y 0,710 en las razas domésticas. Las pocas razas que bajan tanto suelen ser muy pequeñas o muy consanguíneas. En el ADN mitocondrial, entre las manadas comparadas, solo superó a los caballos de la isla Sable, en Canadá.
Un cuello de botella deja huella. Imagina los genes de una manada como una baraja. Cuando solo quedaban dieciséis caballos, se tiró casi toda la baraja, y un puñado de sementales nuevos no bastó para rehacerla. Los autores atribuyen la baja diversidad a ese desplome y a los pocos caballos que se añadieron después. Análisis anteriores de la manada, en los noventa y en 2000, ya habían detectado cómo se perdía variedad por consanguinidad y por puro azar. Los grupos pequeños y cerrados suelen perderla así, y es parte de por qué la fauna salvaje pierde en silencio su diversidad genética en muchos lugares.
El origen sigue abierto. Los investigadores reconocieron sin rodeos que no lograron precisar de dónde salió la manada. El tramo corto de ADN mitocondrial tiene pocos puntos informativos, los genomas completos son solo tres, y doce marcadores nucleares no alcanzan para distinguir razas en una manada que pasó por cuellos de botella y consanguinidad. La conexión asiática descansa en una sola línea materna y en bases de datos pobres en caballos de Norteamérica y Europa. El estudio tampoco demuestra que la baja diversidad esté dañando hoy a estos caballos. Lo que muestra es un riesgo mayor de los problemas de salud que trae la consanguinidad.
La receta de los autores es sangre nueva. Recomiendan llevar caballos nuevos al parque, mejor yeguas que no estén preñadas, porque los intentos anteriores con sementales dieron resultados tibios y una yegua siempre transmite sus genes. Con introducciones repetidas, una manada pequeña, de menos de 90 caballos como permite el plan de pastos del parque, podría tener más variedad que la manada cerrada de hoy. Las retiradas de animales deberían respetar además los linajes maternos que ya existen. El siguiente paso, según el equipo, son pruebas genéticas más densas y muestras de caballos de Siberia y China. Solo así se sabrá si las tierras baldías esconden de verdad un vínculo con Asia.
El estudio en breve
- Revista: PLOS ONE, agosto de 2018
- Tipo de estudio: Análisis genético de una manada de caballos ferales con ADN mitocondrial y doce marcadores de ADN nuclear
- Muestra: Pelo de 196 de los 214 caballos que vivían en el parque nacional Theodore Roosevelt en 2013
- Hallazgo principal: La manada procede de razas domésticas mezcladas y de al menos dos linajes maternos, uno emparentado con caballos de China y Siberia, y su diversidad genética está por debajo de casi todas las manadas y razas comparadas.
- Límites: Las bases de datos genéticas actuales no bastaron para fijar el origen exacto de la manada.
Fuente: Ovchinnikov, I. V., Dahms, T., Herauf, B., McCann, B., Juras, R., Castaneda, C., y Cothran, E. G. (2018). «Genetic diversity and origin of the feral horses in Theodore Roosevelt National Park». PLOS ONE, 13(8), e0200795. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0200795








