En el suroeste de China, unos campesinos encontraron una masa amarilla y extraña que brotaba de las raíces de árboles moribundos, y algunos le dieron un mordisco. Después hicieron lo sensato: mandaron fotos a unos científicos y preguntaron si aquello se podía comer. Los científicos todavía no saben responder. Lo que sí pueden decir es que nadie le había puesto nombre.
El hongo gigante se llama ahora Dianjunus rex, o D. rex. Sus cuerpos fructíferos, erguidos, alcanzan unos 50 centímetros de alto, y el más pesado que midió el equipo llegó a 2,2 kilos. Es tan distinto de sus parientes que estrena género y una familia entera, Dianjunaceae. Y el vínculo con los dinosaurios está en su ADN: un reloj genético sitúa el origen de la familia hace unos 65 millones de años, justo después del impacto del asteroide que acabó con los dinosaurios no avianos. El trabajo, de un equipo del Instituto de Botánica de Kunming y otros centros, se publicó el 28 de septiembre en la revista Frontiers in Fungal Biology.
Es un ascomiceto, y por eso el tamaño sorprende tanto. D. rex pertenece a Ascomycota, los hongos de saco, un grupo enorme en el que entran las colmenillas, las trufas y muchos mohos. Fabrican sus esporas dentro de unos sacos diminutos. Lo que asoma sobre el suelo es el cuerpo fructífero, la estructura que lleva esas esporas mientras el resto del hongo sigue escondido en la tierra o en la madera. En casi todos los ascomicetos ese cuerpo fructífero es pequeño. Piensa en la yema de un dedo, no en una piña.
Cuánto mide el hongo gigante D. rex
Más alto que un bolo. Los cuerpos fructíferos miden entre 20 y 50 centímetros en total, y solo los 10 a 20 de arriba producen esporas. Por debajo, un tallo negro y liso se hunde entre 20 y 30 centímetros en el suelo. Las formas cambian mucho. Los jóvenes suelen tener la punta en forma de bulbo. Los maduros se abren en ramas como dedos o como una palma, cubiertas de una pelusa fibrosa y polvorienta que empieza blanquecina y se vuelve amarillo oscuro con la edad. Por dentro la carne es esponjosa, entre blanco roto y amarilla. No tiene un olor ni un sabor fuertes, según los autores, y se seca enseguida al arrancarlo.
Tres bosques, un solo hongo. El equipo recogió D. rex por primera vez en agosto de 2024 cerca de Kunming, en la provincia de Yunnan, creciendo de las raíces del roble de corcho chino (Quercus variabilis). En julio de 2025 encontró más en una selva tropical de Xishuangbanna, sobre el tronco y las raíces de un árbol en descomposición, y en Lufeng, otra vez en raíces de roble. Los ejemplares de la selva eran más grandes que los subtropicales. En todos los casos, el hongo apareció cuando su planta huésped ya había muerto o se estaba muriendo.
Sus parientes más parecidos son diminutos. D. rex está en el orden Xylariales, junto a hongos de nombres siniestros. El hongo apagavelas (Xylaria hypoxylon) y los dedos de muerto (Xylaria polymorpha) forman mazas oscuras de 5 a 8 centímetros. D. rex es claro, menos ramificado y muchas veces más grande. Es como una familia de gatos domésticos con un primo del tamaño de un perro grande.
El hongo más grande del mundo y dónde encaja D. rex
El más grande depende de qué se mida. Quien busca el hongo más grande del mundo acaba en el «hongo gigante» de Oregón, una armilaria (Armillaria ostoyae) cuyos filamentos se extienden bajo tierra por unos 10 kilómetros cuadrados. Es un récord de extensión para un solo organismo, y casi todo es invisible. D. rex reclama otra cosa: el mayor cuerpo fructífero documentado entre los ascomicetos. La armilaria no compite aquí, porque pertenece al otro gran grupo, el de los basidiomicetos, que forman las setas de sombrero.
El récord trae letra pequeña. El propio artículo cita a un rival. Un hongo del bambú de Kenia, Engleromyces goetzei, formó una vez una masa de dos lóbulos de unos 30 centímetros de ancho que pesó cerca de 3,2 kilos, más que cualquier D. rex que pesó el equipo. Los autores siguen considerando los cuerpos fructíferos de D. rex los mayores del grupo, y su altura y su forma erguida lo distinguen. Pero aquí «el más grande» es un juicio sobre tamaño y forma, no una victoria limpia en la báscula.
Un hongo gigante prehistórico nacido tras los dinosaurios
Los genes le dieron una rama propia. El equipo leyó cuatro genes marcadores habituales en cinco recolecciones y los comparó con unas 200 cepas de otros hongos. Después secuenció el genoma completo de tres cuerpos fructíferos y armó un árbol familiar con 302 genes compartidos por 66 hongos. Todos los métodos dieron lo mismo: D. rex forma su propia rama, hermana de una familia llamada Graphostromataceae, con el máximo apoyo estadístico. El nombre recuerda al antiguo reino de Dian, en Yunnan, y a «jūn», una palabra china para hongo. Lo de «rex», rey en latín, va por su tamaño.
El reloj se detiene cerca del asteroide. Con fechas conocidas como anclas, los investigadores estimaron cuándo se separó el linaje de D. rex de sus parientes: hace unos 65 millones de años, con un margen de entre 50 y 80 millones. Eso cae cerca de la extinción de finales del Cretácico, cuando desaparecieron unas tres cuartas partes de las especies de plantas y animales. «Durante los años oscuros y fríos que siguieron al impacto, los hongos que descomponen materia orgánica muerta podían seguir funcionando mejor que los organismos que dependen de la luz para la fotosíntesis», explicó a Science News Indunil Chinthani Senanayake, micóloga del Instituto de Botánica de Kunming y una de las taxónomas del estudio. Un mundo lleno de madera muerta era, de una forma un poco macabra, un bufé para hongos.
Su genoma viaja ligero. Los hongos descomponen la materia vegetal con enzimas que trocean azúcares y fibras. Los parientes que pudren madera, como Xylaria, llevan entre 420 y 640 genes de estas enzimas. D. rex tiene unos 220, menos de la mitad. Casi no tiene genes de pectina liasas, las enzimas que abren las paredes de las células vegetales (cero o uno, frente a entre 7 y 19 en sus parientes cercanos). En cambio, buena parte de su equipo sirve para construir las paredes del propio hongo.
Primero inquilino discreto, luego constructor. Los autores proponen una hipótesis de trabajo. D. rex podría vivir años dentro de raíces vivas sin dañarlas, como hacen muchos hongos de su orden. Cuando el árbol muere, pasaría a alimentarse de sus restos y volcaría ese carbono en sus enormes cuerpos fructíferos. Aquí está la clave: un hongo que no rompe paredes es un huésped educado, y esa educación quizá sea lo que le permite crecer tanto al final.
Hongo gigante comestible o tóxico: lo que aún no se sabe
Cinco recolecciones dan para lo que dan. Toda la descripción se apoya en cinco ejemplares de tres lugares de una sola provincia china. Nadie sabe aún lo extendido que está D. rex ni hasta dónde puede crecer. La estimación de edad tiene un margen de 30 millones de años, y los relojes moleculares dependen de las fechas con que se calibran. Además, coincidir no es causar. Que la familia apareciera cerca de la extinción es una coincidencia en los datos; los autores apuntan que «podría reflejar» una expansión hacia nichos vacíos, y eso es una idea, no un hallazgo. La historia de su modo de vida sale de lo que le falta al genoma, no de haber visto al hongo dentro de una raíz viva.
Y la pregunta de los campesinos sigue abierta. El artículo no recoge ninguna prueba sobre si D. rex es comestible o tóxico. La verdad, es lo normal en una especie descrita hace unas semanas, y es un buen motivo para no probarlo. Yunnan es un punto caliente de hongos, con más de 6.000 especies registradas y quizá más de 100.000 por descubrir, según las estimaciones que citan los autores. Algunas de esas especies ocultas son diminutas. Otras, por lo visto, llegan a la rodilla y crecían a la vista de todos. Los microbios sorprenden también de otras formas, como la ameba de fuego que aguanta un calor que ninguna célula compleja debería soportar. La conclusión de los autores es sencilla: los bosques del este de Asia están lejos de estar explorados del todo.
Fuente: Song, J., Yan, Z., Pérez-Moreno, J., Zhang, F., Yang, S., Xie, T., et al. «Unearthing a fungal giant: Dianjunaceae fam. nov., a novel Paleocene lineage of Xylariales harboring Dianjunus rex gen. et sp. nov.» Frontiers in Fungal Biology (2026). DOI: 10.3389/ffunb.2026.1940464








