4 de septiembre de 2026
Medio Ambiente

Bosque o maleza: lo que de verdad crece en un campo europeo abandonado

Bosque o maleza: lo que de verdad crece en un campo europeo abandonado

Si alguna vez has visto un campo cubierto de matorral y has dado por hecho que la naturaleza terminaría reparándolo, conviene matizar esa idea. Cuando la agricultura se detiene en Europa, casi siempre crece algo en su lugar. Pero una revisión de estudios de caso de todo el continente encontró que el resultado más habitual no es una restauración diseñada, sino simplemente lo que aparece cuando nadie interviene, y su valor ecológico puede ir desde un hábitat rico hasta un terreno tomado por especies invasoras. El trabajo se publicó el 3 de noviembre de 2021 en la revista Land Use Policy, liderado por Catherine Fayet, de la Oficina Regional para Europa de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), junto con investigadores del Instituto de Estudios Ambientales de la Universidad VU de Ámsterdam.

Las cifras apuntan en una dirección y luego se complican. De los 135 casos documentados por el equipo en 24 países europeos, rastreados de media unas cuatro décadas después del abandono, el 85% terminó en algún tipo de revegetación, mientras que solo el 13% volvió a algún uso agrícola. Casi dos tercios de todos los resultados registrados entraron en una sola categoría que los autores llaman paisaje seminatural, es decir, vegetación que volvió por sí sola mediante sucesión secundaria, el proceso lento por el que hierbas, matorral y finalmente árboles recolonizan un terreno que antes se araba o pastoreaba.

La ausencia de gestión resultó ser la fuerza más determinante sobre el terreno. Fue el factor que más veces apareció en toda la revisión, y divide la historia limpiamente en dos. En las trayectorias que derivaron en un paisaje seminatural, la ausencia de gestión explicaba el 54% de los factores registrados. En el resto de resultados, desde bosques plantados hasta un campo revitalizado con múltiples usos, esa misma ausencia representaba apenas el 3%. Esos otros caminos dependieron en cambio de instituciones y dinero: programas de restauración, subvenciones de reforestación, normas de áreas protegidas, regímenes de propiedad de la tierra y demanda de mercado de madera.

Un campo sin gestión se comporta como una habitación con la puerta abierta. Lo que entra depende casi por completo de lo que haya cerca, y de lo que el propio terreno permita. Los paisajes seminaturales se concentraron en pendientes pronunciadas, suelos pobres o degradados, y parcelas cercanas a bosques ya existentes que podían sembrarlos. La tierra que volvió a cultivo intensivo fue la imagen inversa: fértil, lo bastante llana para la maquinaria, accesible y cerca de un mercado. Las condiciones biofísicas no eligieron la trayectoria, pero sí decidieron cuáles estaban siquiera disponibles.

La calidad de ese regreso espontáneo varía enormemente. Los autores son explícitos: la sucesión puede suponer una restauración genuina en terreno degradado y a coste casi nulo, o puede producir con la misma facilidad vegetación dominada por especies invasoras o no autóctonas, según las condiciones locales. Los diez especialistas entrevistados para el estudio se dividieron en la misma línea. Algunos describieron la sucesión natural como una vía barata y eficaz hacia ecosistemas ricos en especies. Otros, sobre todo quienes trabajan en Europa del Este, advirtieron de que dejar que pastizales de alto valor natural se cubran de matorral supone perder biodiversidad, no ganarla. En regiones mediterráneas secas, además, la acumulación de vegetación sin control alimenta el riesgo de incendios.

Nada de esto viene de un experimento controlado, y el mapa es desigual. Se trata de una revisión estructurada de casos publicados respaldada por entrevistas a expertos, así que los recuentos de factores muestran qué apareció junto a qué resultado, no qué lo causó. La evidencia también está geográficamente sesgada: más de un tercio de los casos vienen solo de España, con Italia como el siguiente país más representado, lo que inclina todo el panorama hacia el Mediterráneo. Las categorías también son amplias, porque «gestión» cubre desde plantar árboles con maquinaria hasta simplemente no volver a aparecer por la finca. Los propios autores reconocieron que su esquema no recoge cuánto tiempo llevaba abandonada cada parcela, una variable que condiciona el coste de intervenir después, y que sus términos de búsqueda probablemente pasaron por alto casos de reforestación fuera de la península ibérica y proyectos centrados en patrimonio cultural.

La lectura de fondo para la política es que el resultado por defecto sigue necesitando una decisión detrás. El campo abandonado es una de las pocas fuentes de suelo libre en un continente saturado, y está justo en el camino de la Estrategia de Biodiversidad de la UE para 2030 y del plan del bloque para plantar miles de millones de árboles adicionales esta década. Pero la revisión encontró que, en cada caso donde ocurrió algo distinto a la sucesión sin gestionar, hubo factores institucionales de por medio. Apartarse del resultado por defecto exigió un programa, una subvención o una norma. Se espera que el cambio climático empuje a más tierras europeas fuera de producción, y los autores señalan que apenas se ha estudiado como factor en este contexto. Eso deja abierta la pregunta real de la revisión. No es si algo volverá a crecer en la tierra abandonada, sino si alguien decidirá el qué.

Fuente: Fayet CMJ, Reilly KH, Van Ham C, Verburg PH. «What is the future of abandoned agricultural lands? A systematic review of alternative trajectories in Europe». Land Use Policy, 2022;112:105833. DOI: 10.1016/j.landusepol.2021.105833. Acceso abierto bajo licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC BY 4.0).

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