Fíjate en la contraetiqueta de una botella de Rioja, Chianti o Champagne. Más allá de la añada y del grado alcohólico, esa etiqueta certifica algo mucho más vinculante: que la uva creció dentro de unos límites trazados por ley, que pertenece a una lista cerrada de variedades autorizadas y que se cultivó y se vinificó siguiendo normas escritas hace décadas. Esa arquitectura legal es lo que convierte el nombre de un lugar en uno de los activos más valiosos de la agricultura europea. Una investigación publicada en Nature Communications apunta a que también es lo que puede hundirlo.
Un equipo encabezado por Merle evaluó la vulnerabilidad climática de 1085 regiones vinícolas europeas, todas ellas amparadas por una Denominación de Origen Protegida, el escalón más estricto del sistema de indicaciones geográficas. El trabajo no mide daños ya ocurridos, proyecta vulnerabilidad, y lo hace combinando tres ingredientes según el marco del IPCC: la exposición, es decir, cuánto se espera que cambie el clima local; la sensibilidad, o lo cerca que están ya las variedades emblemáticas de cada zona del límite que toleran; y la capacidad adaptativa, medida con 15 indicadores de recursos financieros, naturales, físicos, sociales y humanos. La exposición se calculó a partir del cambio proyectado en los índices de calor, temperatura nocturna y sequedad entre 1981-2010 y 2071-2100 bajo el escenario ssp370, con un conjunto de cinco modelos climáticos globales.
El mapa resultante es incómodo para el sur. Los niveles más altos de exposición aparecen en Rumanía, Croacia, Bulgaria, Italia y Hungría, muchos en zonas de montaña de los Apeninos, los Alpes y los Cárpatos. Las regiones meridionales también puntúan alto en sensibilidad, porque sus variedades permitidas ya crecen cerca del extremo cálido de su rango histórico. Y la capacidad adaptativa se desploma en el centro de España y buena parte del este europeo, con valores por debajo de 0,3 en Eslovaquia, Grecia, Rumanía, Bulgaria y Hungría. Alrededor del 5% de las regiones analizadas cae en el grupo más vulnerable, con casos como Southern Black Sea en Bulgaria, Hajós-Baja en Hungría, Trebbiano d’Abruzzo y Lambrusco Mantovano en Italia o la Sierra de Salamanca en España. Nombres tan potentes comercialmente como Rioja, Alentejo, Côtes de Provence o el Prosecco de Conegliano Valdobbiadene también aparecen en los grupos de alta vulnerabilidad.
La paradoja es que aquí proteger y encorsetar son lo mismo. Un viticultor que afronta veranos más cálidos y secos tiene un manual evidente: cambiar a una variedad de maduración tardía mejor adaptada al calor, mover el viñedo ladera arriba o hacia el norte, regar, modificar el manejo de la vegetación o los portainjertos. Bajo una denominación protegida, casi ninguna de esas decisiones es agronómica, son jurídicas. Plantar una variedad no autorizada, comprar uva fuera de los límites o alterar prácticas reguladas obliga a tramitar una modificación formal del pliego de condiciones, o a renunciar al nombre que figura en la botella. Borgoña y Champagne se sostienen sobre la Pinot Noir. Si esa uva deja de rendir allí, ninguna sustituta daría derecho a la etiqueta que da valor al vino.
El estudio detecta además que ni la flexibilidad ni el dinero se reparten por igual. Regiones españolas como La Mancha puntúan bien en capacidad financiera pero mal en el resto de dimensiones, lo que arrastra a la baja su capacidad adaptativa global. Eslovenia e Italia concentran la mayor proporción de regiones en el cuartil superior, un 65% y un 14% respectivamente, con los mejores registros cerca de los Alpes y los Apeninos. En el extremo opuesto del ranking están Rheinhessen en Alemania, Crémant de Wallonie en Bélgica, Alsacia y Côtes d’Auvergne en Francia o el Alto Adigio italiano, lugares más fríos o de mayor altitud que incluso podrían ganar algo a corto plazo con el calentamiento, con mejor maduración azucarera y menos presión de patógenos. Esa ventaja se encoge rápido en cuanto el calentamiento se intensifica.
Algunas denominaciones ya están reescribiendo su propio reglamento sin hacer ruido. Burdeos ha incorporado nuevas variedades a su normativa de producción y las está probando en campo. Kunság, en Hungría, ha redefinido sus categorías de producto, y Cebreros, en España, ha actualizado sus parámetros analíticos. Son rendijas legales más que transformaciones, y los autores advierten de que en las regiones más vulnerables los recursos limitados siguen marcando el techo de lo que cualquier cambio normativo puede lograr. El modelo también tiene sus límites: en las denominaciones europeas hay registradas más de 1000 variedades, pero solo existen datos fenológicos detallados de las variedades internacionales, en torno al 1% de la diversidad mundial de vid, así que las estimaciones de sensibilidad se apoyan en una porción estrecha de lo que realmente está plantado.
La conclusión de los autores tiene menos que ver con el clima que con el derecho. Un sistema levantado sobre una lista corta de uvas permitidas, prácticas fijadas y fronteras rígidas corre el riesgo de quedar obsoleto en cuestión de décadas si no aprende a ceder. La vieja idea del terruño siempre describió un pacto entre un lugar y la gente que lo trabaja. Mantener vivo ese pacto quizá exija ahora dejar que esa gente cambie lo que planta, para que el lugar pueda seguir dando vino.
Fuente: «Climate resilience of European wine regions», Merle et al., Nature Communications (2024). DOI: 10.1038/s41467-024-50549-w








