Nadie le pondrá nunca un termómetro bajo la lengua a un Tyrannosaurus rex. Lo más parecido resulta estar en sus dientes. Dentro del esmalte de tres dientes desenterrados en Montana queda una huella química de lo caliente que estaba el animal mientras esos dientes crecían. La lectura sale de unos 36,3 grados centígrados, más o menos la temperatura de una persona o de un elefante.
Randon Flores, geólogo de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), y sus colegas publicaron el resultado el 16 de septiembre en la revista Science Advances. Es la primera temperatura corporal del T. rex calculada directamente a partir de la química de sus propios dientes. Dos de las piezas pertenecen a un adulto joven apodado Thomas, conservado en el Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles, un animal que en vida superaba seguramente las 3 toneladas. La tercera es un diente roto de otro T. rex. Las tres salieron de la formación Hell Creek, cerca de Ekalaka (Montana), en rocas depositadas al final mismo del Cretácico. Para comparar, el equipo midió también cinco dientes de cocodrilianos de la misma formación. Esos dieron menos: unos 30,9 grados.
El termómetro es un enlace químico. El carbono y el oxígeno tienen formas raras y pesadas, los isótopos. Cuando crece el esmalte, esos átomos pesados a veces se emparejan entre sí dentro del mineral, y la frecuencia con que lo hacen depende de la temperatura. Con el cuerpo más frío se forman más parejas; con el cuerpo más caliente, menos. Este método de «isótopos agrupados» tiene una gran ventaja sobre los anteriores. No necesita saber qué agua bebía el animal, un detalle que había enturbiado los intentos previos con huesos de T. rex y dientes de tiranosáuridos. El equipo extrajo con un taladro muestras diminutas del esmalte, las disolvió en ácido y contó las parejas pesadas en el dióxido de carbono que se desprendía.
Los dientes superaron varias pruebas de manipulación. Un fósil pasa decenas de millones de años empapado en aguas subterráneas, y el enterramiento puede reescribir su química. Por eso los investigadores buscaron señales de alteración por varias vías independientes. Los dientes del T. rex y los de cocodrilo dieron lecturas claramente distintas, algo que no ocurriría si el mismo proceso de enterramiento los hubiera alterado por igual. El esmalte y la dentina, más blanda, que hay debajo se habían separado químicamente, como cabe esperar si solo se alteró la dentina. Los análisis por infrarrojos mostraron que los dientes fósiles se parecían más a los de un aligátor actual que a un diente de dinosaurio jurásico alterado. Y el contenido en carbonato coincidía con el del esmalte fresco de reptil, señal de que no se colaron minerales de fuera. Ninguna de estas pruebas basta por sí sola, reconocen los autores, pero juntas no hallaron indicios claros de alteración.
Los cocodrilos iban más fríos. Los cinco dientes de cocodriliano, de un yacimiento cerca de McGuire Creek, en Montana, rondaron de media los 30,9 grados. Eso encaja de lleno en el intervalo que prefieren los cocodrilianos actuales, de unos 30 a 35 grados. Los cocodrilos de hoy regulan su calor yendo del agua a las orillas soleadas, y así pueden ponerse hasta unos 5 grados por encima del aire que los rodea. Uno de los dientes fósiles marcó unos altos 38,2 grados, pero su margen de error se solapa con el intervalo cómodo. La diferencia entre el dinosaurio y los cocodrilos se sostuvo en el análisis estadístico. Mismos ríos, mismo clima, dos termostatos muy distintos.
Caliente como un elefante, no como un ave. ¿Sabes qué? La cifra es menos extrema de lo que cabría esperar en el linaje del que salieron las aves. Los elefantes asiáticos y africanos rondan los 36,0 y 36,2 grados, casi exactamente donde cae el T. rex. Avestruces y emús, de unos 38 a 39,7 grados, quedan dentro del margen de error. Las aves voladoras más pequeñas son aún más calientes, con una media de unos 41,6 grados. «La temperatura es más o menos la que yo habría supuesto: más alta que la de un reptil o un mamífero lento como el perezoso, pero más baja que la de un ave», dijo en un comunicado el coautor Robert Eagle, geobiólogo de UCLA.
El dinosaurio estaba más caliente que su mundo. Para comprobar que los dientes no registraban sin más un clima caluroso, el equipo los comparó con dos medidas del ambiente de Montana en aquella época. Unos mejillones de agua dulce fósiles, de los últimos 300.000 años del Cretácico, apuntan a temperaturas del agua en verano de unos 25,9 grados de media. Un nuevo modelo climático de alta resolución de ese periodo dio para la región medias anuales del aire de unos 17,8 a 20,7 grados, según cuánto dióxido de carbono supusiera. El T. rex superaba ambas. Su cuerpo mantenía el calor por encima de su entorno, no se limitaba a absorber el de un planeta cálido.
El agua de su cuerpo se parece a la de un ave. Te lo explico, porque es una segunda pista muy ingeniosa. Los animales no llevan exactamente la misma química del oxígeno que el agua que beben, y el tamaño de ese desajuste depende de cómo viven y respiran. En los cocodrilianos de Hell Creek, el desajuste coincidía con el de los cocodrilos actuales. En el T. rex era más del doble, parecido al que muestran hoy avestruces y gallinas. La diferencia entre los dos grupos fósiles, escriben los investigadores, refleja la que hay entre los animales terrestres actuales de sangre caliente y los semiacuáticos de sangre fría.
Un cuerpo caliente le abre todo un continente. Después, el equipo se preguntó dónde podría haber vivido un animal con ese termostato. Construyeron una curva de tolerancia al calor con el pico en la temperatura medida y que decae hacia los límites observados en 465 aves y mamíferos actuales de sangre caliente, de unos 13 grados bajo cero a 43,6 grados. Superpuesto a climas cretácicos simulados, el modelo mostró como habitable la mayor parte de Norteamérica, incluidas las latitudes más altas y frías. Los fósiles conocidos de T. rex cubren solo una fracción de esa área. Encaja también con hallazgos raros en los márgenes, como restos de tiranosáuridos jóvenes en la vertiente norte de Alaska, donde los inviernos bajaban de cero, y un posible Tyrannosaurus de Trans-Pecos, en Texas. El calor tampoco era un muro. En las simulaciones, la combinación letal de calor y humedad que hoy limita a los animales de sangre caliente nunca cruzó su umbral de peligro. Un T. rex resistente al frío casa además con las pruebas recientes de que su linaje llegó a Norteamérica desde Asia por el puente terrestre de Bering.
Un cuerpo caliente no demuestra un motor rápido. Los autores lo dicen sin rodeos: la temperatura por sí sola no zanja cómo quemaba el T. rex su combustible. Un animal muy grande puede mantenerse caliente solo por su tamaño, igual que una olla llena de sopa conserva el calor mucho después de que se enfríe una taza. Esa idea, llamada homeotermia inercial, no se puede descartar, y las predicciones basadas en el tamaño que sirven para ponerla a prueba están en discusión. La muestra es pequeña: tres dientes de dos animales. Para no dañar los ejemplares, el equipo solo perforó una parte limitada de cada corona, así que no se puede excluir del todo un sesgo estacional, aunque dos puntos distintos de los dientes de Thomas dieron resultados iguales. Y el mapa de hábitat es un modelo construido con los límites de aves y mamíferos actuales, no un registro de por dónde caminó de verdad el T. rex.
La gran discusión es qué dinosaurios iban calientes. Trabajos parecidos con isótopos ya han hallado temperaturas cálidas, de tipo mamífero, en algunos saurópodos y en ornitisquios herbívoros, mientras otras pruebas sugieren que no todos los grupos de dinosaurios mantenían un calor interno alto y estable. Eso convierte cada especie bien medida en un dato más de una discusión que está lejos de cerrarse. En el caso del T. rex, al menos, los dientes apuntan ahora en la misma dirección que su crecimiento rápido, el coste de su forma de caminar y sus fósiles dispersos por todo el continente: un depredador que fabricaba su propio calor.
Fuente: Flores, R. J., Eagle, R. A., Trayler, R. B., Larocca Conte, G., Kim, S. L., Chiarenza, A. A., et al. «The body temperature of Tyrannosaurus rex». Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.aeb7653








