Tienes cuarenta y pocos años, te encuentras bien y tu médico te propone una prueba de cribado de cáncer de colon. Hace no tanto, nadie la habría planteado antes de los 50. Hoy la Sociedad Americana del Cáncer recomienda empezar a los 45, y ese pequeño adelanto dice mucho: la enfermedad está apareciendo antes de lo que las normas daban por hecho.
El cáncer precoz ha crecido en casi todo el mundo. En 2019 recibieron un diagnóstico de cáncer unos 3,26 millones de personas de entre 14 y 49 años. Son un 79 % más que en 1990. Las muertes en esa franja de edad llegaron a 1,06 millones, alrededor de un 28 % más en las mismas tres décadas. Los datos proceden de un análisis de 29 tipos de cáncer en 204 países y territorios, publicado en 2023 en la revista BMJ Oncology, y es de los pocos trabajos que retratan el cáncer en jóvenes a escala realmente global.
Las cifras salen de un registro mundial compartido. Jianhui Zhao, Mingyang Song, Shuai Yuan y sus colegas trabajaron con el estudio Global Burden of Disease 2019, una colaboración de más de 7.500 personas de unos 150 países que estima cuánto enferman, quedan discapacitadas y mueren las poblaciones por cada causa. Definieron el cáncer precoz como cualquier tumor diagnosticado entre los 14 y los 49 años. A partir de ahí midieron tres cosas: casos nuevos, muertes y años de vida ajustados por discapacidad (AVAD). Los AVAD suman los años perdidos por muerte prematura y los vividos con mala salud. Vendrían a ser la factura completa de una enfermedad, no solo la esquela.
El cáncer de mama encabeza la lista. De los 29 tipos analizados, el de mama fue en 2019 el que más se diagnosticó, más muertes causó y más carga dejó entre los menores de 50. Le siguieron en mortalidad el de tráquea, bronquios y pulmón, que el trabajo agrupa en una sola categoría, el de estómago y el colorrectal. Por sexos, la mama pesó más en las mujeres y el pulmón en los hombres.
Los que más deprisa suben no son los más conocidos. El cáncer de nasofaringe, la parte alta de la garganta situada detrás de la nariz, creció algo más de un 2 % al año entre los adultos jóvenes. El de próstata avanzó casi al mismo ritmo. El de hígado fue en dirección contraria: bajó cerca de un 3 % anual, el mayor descenso de todos. En mortalidad, los que más subieron fueron el de riñón y el de ovario.
El colorrectal le quitó el primer puesto al de estómago. En 1990, el cáncer de estómago era el tumor precoz más frecuente del aparato digestivo y el colorrectal suponía el 23,3 % de esos casos. En 2019 su peso había subido al 36,8 %, lo justo para pasar delante. Asia oriental vivió el cambio más llamativo: allí la tasa de cáncer colorrectal precoz se multiplicó por más de dos en ese periodo y la región acabó en cabeza de la clasificación.
La riqueza empuja en dos direcciones opuestas. Cuanto más desarrollada es una región, más cáncer precoz diagnostica. Norteamérica de renta alta tuvo la tasa más elevada y Estados Unidos encabezó la lista de países, mientras que África subsahariana occidental quedó a la cola. Con las muertes, en cambio, el dibujo se parece a una colina. Suben a medida que crece el Índice Sociodemográfico, la escala de desarrollo con la que el Global Burden of Disease clasifica las regiones, hasta un punto intermedio, y a partir de ahí caen en picado en los lugares más ricos. El golpe más duro, por tanto, se lo llevan las regiones de desarrollo medio y medio alto. Oceanía, Europa del Este y Asia central registraron las tasas de mortalidad más altas. Y los países donde los principales tumores crecían más rápido también estaban en esa franja intermedia.
En las regiones más pobres, las mujeres llevan la peor parte. En todas las regiones las mujeres recibieron más diagnósticos que los hombres. En las de desarrollo alto y medio, sin embargo, las muertes y los años perdidos se repartieron casi a partes iguales. En las de desarrollo bajo y medio bajo no fue así: allí el cáncer precoz mató e incapacitó a muchas más mujeres que hombres. El de mama explica una parte. Sus tasas de mortalidad más altas aparecieron justo en esas regiones, aunque son los países ricos los que más lo diagnostican.
La dieta, el alcohol y el tabaco encabezan los factores de riesgo. El equipo calculó también qué parte de la carga de los cuatro tumores más pesados se podía atribuir a riesgos conocidos. El tabaco explicaba cerca del 41 % de la carga del cáncer de pulmón precoz. La alimentación, alrededor de un tercio de la del colorrectal, sobre todo por dietas pobres en leche, cereales integrales y calcio. En el de estómago destacaron el tabaco y el exceso de sal. En el de mama, el alcohol y el tabaco ocupaban los primeros puestos, aunque cada uno quedaba por debajo del 5 %. Aquí está la clave: unos porcentajes tan bajos significan que la mayor parte del cáncer de mama precoz no se explica por ninguno de los factores que el análisis podía medir.
Buscar más también es encontrar más. Parte del aumento se debe probablemente a que hoy se detecta mejor, según reconocen los autores. Los países ricos empezaron a medir el antígeno prostático específico (PSA), un marcador en sangre de problemas de próstata, en los años noventa, y eso disparó los diagnósticos. La mamografía se extendió por todo el mundo entre 2005 y 2015. Aun así, los investigadores escriben que el cribado no lo explica todo. El cáncer de mama precoz también subió en países sin cribado rutinario, lo que apunta a cambios en la maternidad, el peso corporal, la actividad física y el consumo de alcohol durante las últimas décadas.
La próxima década no pinta más tranquila. Con un modelo de previsión que tiene en cuenta la edad, el periodo y la generación de nacimiento, el equipo calculó que hacia 2030 el número de casos de cáncer precoz en el mundo crecerá un 31 % y el de muertes un 21 %. Las personas de 40 a 49 años seguirán siendo el grueso de los pacientes. Por eso los autores plantean si los programas de cribado deberían llegar también a esa franja.
El trabajo cuenta casos, no demuestra causas. Los propios autores reconocen varias limitaciones. Las estimaciones del Global Burden of Disease dependen de la calidad de los registros de cáncer de cada país, y en los menos desarrollados el infradiagnóstico y los casos sin notificar probablemente esconden enfermos. Las cifras bajas de África pueden reflejar en parte registros incompletos, no menos cáncer. Los cálculos de factores de riesgo se apoyan en encuestas dispersas, de fuentes y años distintos. El corte en los 50 años también es arbitrario, porque la biología de un tumor no cambia al soplar unas velas. Además, los recuentos brutos crecen solo con que crezca la población mundial. Y lo más importante: los porcentajes atribuidos a cada riesgo son asociaciones estadísticas, no la prueba de que la carne roja o la falta de leche causaran el cáncer de nadie en concreto. La verdad es que los autores lo dicen sin rodeos: por qué aumenta el cáncer precoz «sigue sin estar claro».
Las respuestas de verdad exigirán seguir a la gente durante años. Los investigadores piden estudios de cohortes prospectivos a lo largo de toda la vida, que acompañan a las personas desde la infancia para ver qué exposiciones preceden a un diagnóstico. También defienden que cada país ajuste su prevención al perfil de cáncer precoz que tiene. Si el cribado debe empezar a los cuarenta y pocos es, según ellos, algo que tendrán que zanjar nuevos estudios sistemáticos y ensayos aleatorizados.
Fuente: Zhao J, Xu L, Sun J, Song M, Wang L, Yuan S, et al. «Global trends in incidence, death, burden and risk factors of early-onset cancer from 1990 to 2019». BMJ Oncology, 2023. DOI: 10.1136/bmjonc-2023-000049
Este artículo resume investigación científica publicada con fines informativos. No es consejo médico ni sustituye la consulta con un profesional sanitario.








