Los inviernos suaves de Europa tienen menos que ver con su latitud y más con una cinta transportadora de agua cálida conocida como circulación de vuelco meridional del Atlántico, o AMOC. Sin ella, ciudades tan al sur como Londres o París probablemente notarían un clima propio de latitudes mucho más frías. Un equipo de la Universidad de Utrecht, en los Países Bajos, ejecutó una de las simulaciones climáticas más ambiciosas hasta la fecha para comprobar hasta qué punto esa cinta transportadora está cerca de romperse, y qué pasaría si lo hiciera.
La simulación llevó al AMOC más allá de su punto de ruptura por primera vez dentro de un modelo climático global de plena complejidad. Usando el Community Earth System Model, el mismo tipo de simulación empleado en las grandes evaluaciones climáticas internacionales, el equipo añadió agua dulce de forma gradual al Atlántico Norte a lo largo de más de mil años simulados, imitando el efecto del deshielo y de lluvias más intensas. Durante unos trece siglos la circulación se debilitó poco a poco. Después, en apenas un siglo de tiempo simulado, colapsó casi por completo: su fuerza cayó de unos diez Sverdrups (una unidad equivalente a un millón de metros cúbicos de agua por segundo) a prácticamente cero.
Las consecuencias dentro del modelo fueron rápidas y severas. El norte de Europa se enfrió más de un grado centígrado por década en las zonas más afectadas, y en Bergen, Noruega, las temperaturas de febrero cayeron alrededor de tres grados y medio por década, un ritmo muy por encima de lo que cualquier infraestructura o agricultura actual está preparada para absorber. Algunos tramos costeros del Atlántico también sufrieron una subida dinámica del nivel del mar de más de setenta centímetros al reorganizarse las corrientes tras el colapso, mientras que las estaciones húmeda y seca del Amazonas se invirtieron por completo, amenazando con alterar el ecosistema de la selva.
La verdadera aportación del estudio no es el colapso en sí, sino una forma de anticiparlo. Los intentos anteriores de predecir un punto de no retorno del AMOC se basaban en patrones estadísticos de la temperatura superficial del mar, como el aumento de la varianza o de la autocorrelación, y los autores demuestran que esos patrones pueden dar respuestas contradictorias según qué ventana temporal se analice. En su lugar, el equipo identificó un indicador más físico y directamente medible: el mínimo en el propio transporte de agua dulce del AMOC a 34 grados sur, un valor ligado al mecanismo de retroalimentación que desestabiliza la corriente. En la simulación, este indicador tocó fondo unos veinticinco años antes del colapso completo.
Ese margen de tiempo importa porque el mismo indicador puede, en principio, vigilarse hoy. Al aplicarlo a datos reales de reanálisis de las últimas cuatro décadas, los investigadores encontraron la misma tendencia que el modelo mostró justo antes de su propio colapso: un debilitamiento constante y medible de ese transporte de agua dulce.
Nada de esto significa que el colapso sea inminente ni inevitable. La simulación necesitó una cantidad inusualmente grande de agua dulce añadida, cerca de ochenta veces el ritmo actual de deshielo de la capa de hielo de Groenlandia, para desencadenar el punto de no retorno, en buena parte por sesgos conocidos en cómo el modelo reparte la lluvia y la salinidad. Los propios autores son claros: los registros de observación reales todavía son demasiado cortos, como mucho un siglo, para decir cuántos años quedan hasta que el AMOC pueda alcanzar ese mismo umbral. Lo que el estudio sí establece es que el colapso es físicamente posible en un modelo climático de plena complejidad, no solo en los modelos conceptuales simplificados usados hasta ahora, y que ya existe una señal de alerta concreta y rastreable.
Las señales del mundo real ya apuntan en una dirección preocupante. Reconstrucciones a largo plazo sugieren que la fuerza del AMOC ha caído unos tres Sverdrups desde 1950, y los registros indirectos indican que podría estar en su punto más débil en más de mil años. Las redes de medición continua en el Atlántico, incluida una situada en el paralelo 34 sur activa desde 2009, son hoy lo más parecido a un sistema de alerta temprana que tiene la ciencia, precisamente el tipo de instrumento del que depende este nuevo indicador.
El estudio, liderado por René M. van Westen, Michael Kliphuis y Henk A. Dijkstra en la Universidad de Utrecht, se publicó en 2024 en la revista Science Advances bajo el título «Physics-based early warning signal shows that AMOC is on tipping course» (DOI: 10.1126/sciadv.adk1189).








