¿De verdad se está acelerando la expansión del universo, o llevan los astrónomos casi treinta años engañándose a sí mismos?
Esa pregunta está en el centro de una de las mayores controversias recientes de la cosmología. En 1998, dos equipos independientes que estudiaban una clase especial de estrellas que explotan, las supernovas de tipo Ia, descubrieron que las explosiones más lejanas se veían más tenues de lo esperado. La única explicación posible era que la expansión del universo se estuviera acelerando, empujada por una fuerza misteriosa que después recibió el nombre provisional de «energía oscura». El hallazgo cambió la física y le valió el Premio Nobel a sus responsables.
Las supernovas de tipo Ia funcionan como mojones cósmicos porque tienden a explotar con un brillo muy constante, lo que permite usarlas para medir distancias del mismo modo en que se calcula lo lejos que está una bombilla según lo tenue que se ve. Esa constancia es todo el cimiento sobre el que se sostiene la investigación moderna de la energía oscura, así que cualquier grieta en esa base importa, y mucho.
A principios de 2025, un artículo firmado por Son y su equipo abrió una grieta muy visible en ese cimiento. Sostenían que el brillo de estas supernovas varía en silencio según la edad del sistema estelar que las produjo, y que las explosiones más lejanas y antiguas se habían interpretado mal de forma sistemática. Corrigiendo esa deriva, aseguraban, el caso a favor de la aceleración se debilita de forma drástica, un efecto que midieron en nueve desviaciones estándar respecto al modelo aceptado, una cifra que prácticamente gritaba que algo fundamental fallaba en tres décadas de cosmología.
Un amplio equipo internacional, con Adam Riess entre sus autores, uno de los astrónomos que descubrió la aceleración originalmente, revisó esa afirmación línea por línea. Su respuesta, publicada este año, es que la supuesta crisis se disuelve en su mayor parte en cuanto se aplican correctamente las correcciones estándar que ya usa el resto del campo.
La réplica se apoya en tres argumentos principales. Primero, el análisis original se saltó un ajuste rutinario por la masa de la galaxia anfitriona de cada supernova, una corrección que ya recoge buena parte de lo que parece un efecto de edad. Al añadirla de nuevo, el vínculo aparente entre el brillo de una supernova y la edad de su galaxia desapareció. Observaciones independientes de galaxias cercanas lo confirmaron. Supernovas en galaxias con miles de millones de años de diferencia de edad no mostraron ninguna diferencia real de brillo una vez tenida en cuenta la masa.
Segundo, si la hipótesis original fuera correcta, el efecto debería agravarse de forma constante a mayor distancia, porque el universo albergaba galaxias sistemáticamente más jóvenes en su pasado. Los datos del Dark Energy Survey no encontraron ninguna tendencia así, con un desplazamiento medido de apenas -0.028 magnitudes por unidad de corrimiento al rojo, indistinguible de cero desde el punto de vista estadístico y demasiado pequeño para alterar de forma significativa la medición del comportamiento de la energía oscura.
Tercero, y quizá lo más revelador, la propia afirmación central del artículo original (que las supernovas cercanas y las lejanas proceden de estrellas progenitoras con una diferencia de edad de unos cinco mil millones de años) resultó estar inflada. El nuevo análisis encontró que la diferencia real era entre tres y cinco veces menor, en gran parte porque el estudio original había confundido la edad de toda una galaxia anfitriona con la edad de la estrella concreta que explotó dentro de ella, dos cosas relacionadas pero distintas.
Nada de esto cierra el debate sobre la energía oscura ni la deja libre de dudas. La cosmología sigue discutiéndose activamente, y otros sondeos independientes han encontrado indicios propios de que la energía oscura podría no ser perfectamente constante a lo largo del tiempo cósmico. Lo que muestra este artículo en concreto es más modesto y más técnico: el argumento estadístico específico para descartar la cosmología de supernovas no se sostiene en cuanto se contrasta con las correcciones que el campo ya utiliza. Las afirmaciones extraordinarias siguen necesitando pruebas que resistan el escrutinio, y esta, en gran medida, no lo hizo.
El estudio, «Still Accelerating: Type Ia supernova cosmology is robust to host galaxy age evolution», firmado por Phil Wiseman, Brodie Popovic, Mark Sullivan, Adam G. Riess y colegas, se publicó en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, 2026 (DOI: 10.1093/mnras/stag797).








