En 1610, Galileo Galilei apuntó un telescopio recién construido hacia Júpiter y vio cuatro puntos de luz que claramente no eran estrellas. Resultaron ser las primeras lunas confirmadas fuera de la nuestra. Más de cuatro siglos y más de 6.000 exoplanetas confirmados después, la astronomía seguía sin poder decir lo mismo de ningún mundo que orbitara otra estrella. Ninguna luna fuera del sistema solar había sido detectada con confianza, hasta ahora.
Un equipo liderado desde Chile ha encontrado la evidencia más sólida hasta la fecha de una luna fuera de nuestro sistema solar. La señal procede de CD-35 2722 B, una enana marrón situada a unos 70 años luz, en la constelación de Columba, detectada por primera vez mediante imagen directa en 2011. Con 37 veces la masa de Júpiter, es demasiado pesada para considerarse un planeta, pero no lo suficiente como para encender la fusión nuclear que alimenta a una estrella. Es un objeto a medio camino entre ambas categorías, y orbita una pequeña estrella enana roja joven con más o menos la mitad de la masa del Sol.
La prueba viene de rastrear diminutos bamboleos en la luz de la enana marrón. Usando el instrumento CRIRES+ del Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral en Chile, el equipo aplicó el análisis de velocidad radial (la misma técnica que permitió confirmar el primer exoplaneta alrededor de una estrella parecida al Sol) sobre 21 observaciones de CD-35 2722 B tomadas entre octubre de 2023 y enero de 2025. De ahí surgió una señal periódica clara: algo orbita la enana marrón cada 169 días.
La mejor explicación para esa señal no es un satélite, sino dos. El candidato más grande tiene una masa mínima de 0,74 veces la de Júpiter, en una órbita casi circular de 169 días. Un segundo candidato, más pequeño y menos seguro, ronda las 0,28 masas de Júpiter en una órbita más corta, de unos 87 días. Sus periodos están muy cerca de una resonancia 2:1, la misma relación rítmica que existe entre Ío y Europa, dos de las lunas galileanas de Júpiter.
En proporción a su anfitrión, serían lunas inusualmente masivas. El candidato mayor pesa alrededor de un 2% de la masa de la enana marrón, y el menor un 0,7%, ambos por encima de cualquier proporción luna-planeta conocida en nuestro propio sistema solar, donde el sistema Tierra-Luna tiene el récord con un 1,2%. Ese tamaño apunta a una historia de formación distinta a la que dio origen a nuestra Luna o a las lunas de Júpiter, más parecida a cómo se cree que se forman los propios planetas gigantes a gran distancia de su estrella.
Los investigadores se aseguraron de descartar explicaciones alternativas antes de hablar de una detección. Comprobaron si la señal podía deberse a un artefacto de la propia órbita terrestre, a una deriva instrumental o a la rotación de la enana marrón, y ninguna de esas opciones encajaba. Se espera que CD-35 2722 B gire sobre sí misma una vez cada 16 horas aproximadamente, un ritmo demasiado rápido para producir un bamboleo que se repite cada 169 días. Los autores describen esto como la evidencia más convincente hasta la fecha de un satélite alrededor de un objeto fuera del sistema solar, aunque insisten en que sigue siendo un candidato, no un descubrimiento confirmado, hasta que observaciones futuras precisen mejor las órbitas.
El hallazgo ya está poniendo a prueba la propia definición de «luna». Como tanto la enana marrón como sus satélites son inusualmente masivos (ninguno más ligero que un planeta grande), el descubrimiento cae en una zona gris entre luna, planeta y estrella que las definiciones astronómicas actuales no estaban pensadas para cubrir. Los autores del estudio sugieren que quizá haga falta inventar una categoría propia, en lugar de forzar el vocabulario creado para describir nuestro propio sistema solar.
Fuente: Hoy, K., Zurlo, A., Peña R., P.A. et al. «Planetary-Mass Exosatellite Detected Around the Substellar Companion of a Star». Nature, 2026. DOI: 10.1038/s41586-026-10751-w.








