20 de octubre de 2026
Salud

Rabia en Perú: matar murciélagos vampiro no frenó los contagios y aceleró el avance del virus

Rabia en Perú: matar murciélagos vampiro no frenó los contagios y aceleró el avance del virus

Sales al corral una mañana cualquiera en los Andes peruanos y una de tus vacas amanece con dos heridas pequeñas y limpias en el lomo, todavía húmedas. Sabes lo que ha pasado por la noche, y sabes lo que puede venir después. Durante cincuenta años, la respuesta oficial a esa escena ha sido siempre la misma en casi toda Latinoamérica. Menos murciélagos, menos rabia. Un estudio que siguió una de las matanzas de murciélagos más extensas jamás organizadas descubrió que la primera mitad de esa ecuación se cumple, y la segunda no.

El animal en el centro de todo es el murciélago vampiro común (Desmodus rotundus), la principal fuente de brotes de rabia en el ganado de la región y una amenaza recurrente para las personas, a las que a veces muerde mientras duermen. Entre agosto de 2014 y agosto de 2016, el Gobierno Regional de Apurímac, en el sur de Perú, coordinó una campaña de envenenamiento en decenas de distritos, en una zona que concentra una parte desproporcionada de la rabia ganadera del país. Un equipo de investigadores siguió lo que ocurrió y publicó los resultados el 10 de marzo de 2023 en la revista Science Advances.

La campaña adelgazó la población de murciélagos, pero no la vació. Técnicos formados recorrieron cientos de granjas cada mes y anotaron cuántos animales aparecían con mordeduras recientes, un indicador útil de cuántos murciélagos quedan en la zona. Las mordeduras bajaron mientras duró el veneno, así que algo estaba funcionando. Y sin embargo, en los tres últimos meses de una campaña de dos años, el 59% de las granjas seguía reportando al menos un animal mordido. La población estaba mermada, no eliminada.

La rabia en el ganado apenas se enteró. Los investigadores metieron dieciséis años de muertes de ganado por rabia confirmadas en laboratorio, que cubren los años anteriores, los de la campaña y los posteriores, en un modelo estadístico que además tenía en cuenta los brotes que nunca llegan a notificarse. Envenenar murciélagos en un distrito no tuvo ningún efecto detectable sobre el número de brotes de rabia en ese distrito. Hacerlo en los distritos vecinos, si acaso, subió ligeramente la probabilidad de que allí apareciera un brote.

El virus salió más deprisa justo de los sitios donde se había matado murciélagos. Para reconstruir por dónde viajó realmente la rabia, el equipo secuenció genomas completos del virus obtenidos de cerebros de ganado guardados desde finales de los noventa y aplicó filogeografía, un método que lee el árbol genealógico de un virus sobre el mapa para deducir las rutas y la velocidad de su expansión. El resultado se partió en dos mitades opuestas. Donde se había envenenado antes de que llegara el virus, las invasiones entraron a una mediana de unos 4,11 kilómetros por año (2,6 millas). Donde se envenenó en zonas en las que el virus ya circulaba, salió a unos 7,4 kilómetros por año (4,6 millas), casi al doble de velocidad.

Los murciélagos perturbados parecen llevarse el virus con ellos. El vampiro común es célebre por su sensibilidad a la manipulación, y suele abandonar temporalmente su refugio después de que lo capturen. La rabia, por su parte, incuba durante semanas o meses, tiempo de sobra para que un murciélago infectado en un valle se instale y muera en el siguiente. Matar a una parte de la colonia, sugieren los autores, dispersa a los supervivientes infectados igual que pisotear una hoguera dispersa las brasas. Los biólogos llaman a este tipo de efecto rebote «efecto de perturbación», y la evidencia sólida en fauna salvaje es rarísima. El precedente más claro es el envenenamiento de tejones contra la tuberculosis bovina en el Reino Unido.

El estudio tiene límites reales, y los autores los señalaron. Una campaña de envenenamiento se hace para gestionar un problema, no para investigar, así que no hubo una región de control asignada al azar ni una segunda campaña con la que comparar. Las secuencias virales se detienen en 2016, el último año de la campaña, de modo que cualquier salida del virus desde las zonas tratadas a partir de ahí queda fuera del análisis. La caída de la población de murciélagos también fue modesta, algo que los investigadores atribuyen a una posible recolonización rápida de los refugios vacíos o a un veneno poco eficaz. Lo que sostienen los datos es una asociación fuerte entre envenenar donde el virus ya circula y una propagación más rápida, no una cadena de causa y efecto demostrada.

El momento importa más que el número de murciélagos muertos. El único escenario en el que matar murciélagos pareció ayudar fue por delante del virus y no por detrás, justo lo contrario de lo que ocurre en la práctica, donde las campañas suelen dispararse cuando el ganado ya está muriendo. Los autores defienden evitar ese envenenamiento reactivo y apuntan a otras herramientas dirigidas a los propios murciélagos, como la supresión reproductiva y las vacunas que se transmiten solas entre ellos, que además esquivarían los problemas de bienestar animal y conservación que arrastra el veneno. Si alguna de ellas puede correr más que un virus que lleva décadas aprendiendo a viajar es la pregunta que espera al siguiente ensayo de campo.

Fuente: Viana M, Benavides JA, Broos A, et al. «Effects of Culling Vampire Bats on the Spatial Spread and Spillover of Rabies Virus», publicado en Science Advances el 10 de marzo de 2023. DOI: 10.1126/sciadv.add7437

Este artículo resume investigación científica publicada con fines informativos. No es consejo médico ni sustituye la consulta con un profesional sanitario.

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