Nadie lo vio. En algún momento de finales de la primavera de 2024, un pequeño fragmento de roca o hielo chocó contra la Luna con fuerza suficiente para abrir un agujero más ancho que dos campos de fútbol puestos uno tras otro. Y la cicatriz se quedó ahí, sin que nadie reparara en ella, durante más de un año. Apareció en otoño de 2025, en una comparación rutinaria de imágenes de antes y después, y resultó ser el mayor cráter de impacto reciente encontrado en todo el sistema solar.
El nuevo cráter en la Luna, bautizado como McGetchin, mide de media 222 metros de diámetro y 43 de profundidad. Hasta ahora, el cráter reciente más grande detectado en la Luna rondaba los 70 metros, y el choque que formó McGetchin liberó más de diez veces esa energía. Un equipo dirigido por Mark Robinson lo describe en la revista Science Advances. Según los modelos actuales de producción de cráteres, un impacto de este tamaño solo debería alcanzar la Luna una vez cada 132 años, lo que los autores definen como una observación que, a efectos prácticos, se da «una vez en la vida».
La Luna tiene su propio álbum de antes y después. Desde 2010, la cámara de gran angular de la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter, de la NASA, fotografía la Luna entera cada mes, con píxeles que cubren unos 100 metros de terreno. Basta con elegir dos meses con una iluminación parecida, superponer las imágenes y dejar que un programa marque lo que ha cambiado. Es un juego de las siete diferencias a escala de un mundo entero. Y la Luna es un tablero perfecto. Sin aire, sin agua líquida y sin tectónica a gran escala, una marca nueva no se borra, por eso los autores la describen como una «placa testigo» natural de los impactos en el sistema solar interior. Cuando la cámara de gran angular dio el aviso, la cámara de ángulo estrecho de la sonda se acercó con imágenes capaces de distinguir detalles de un metro.
Cayó justo sobre una costura. McGetchin está dentro del borde exterior de la cuenca de Crisium, una antigua cicatriz de impacto en la cara visible de la Luna. Más en concreto, golpeó donde se tocan dos tipos de terreno. A un lado está el mar lunar, la roca volcánica oscura y llana que forma los «mares» que vemos desde la Tierra. Al otro, las tierras altas, una corteza más antigua y más clara. Hace muchísimo tiempo, coladas de lava poco espesas se extendieron allí sobre un suelo ondulado de tierras altas y dejaron una frontera irregular, salpicada de islotes. Para los investigadores, ese blanco tan mezclado es un regalo: permite ver cómo cambia la formación de un cráter cuando el suelo no es uniforme.
El cráter no es del todo redondo. Su anchura va de 213 metros en una dirección a 231 en otra, y el borde se divide en dos arcos que no encajan. El arco occidental dibuja un círculo más amplio que el oriental. Los autores creen que el lado oeste excavó en un suelo suelto y granuloso, mientras que el este topó con una colada de lava sólida enterrada debajo, que aguantó mejor la forma. Por dentro tiene forma de embudo. Las paredes son empinadas, con pendientes de hasta 41 grados, y un bloque de roca con la planta de un par de pistas de tenis se ha deslizado desde el borde este.
Su fondo es más oscuro que nada a su alrededor, y sus paredes, más claras. El fondo rugoso del cráter guarda parte del material más oscuro de la zona, más incluso que el viejo mar lunar curtido por el tiempo. El equipo lo interpreta como fundido de impacto vítreo, roca que se licuó con el golpe y se congeló casi al instante, quizá procedente de la capa de lava. En cambio, las manchas más brillantes del cráter superan a cualquier otro punto de una franja lunar de 9 por 27 kilómetros. Del borde norte, además, sale una estrecha «lengua» de escombros de tono intermedio. Parece hecha de granos sueltos, probablemente basalto expulsado, pero los autores reconocen que su origen «sigue siendo un enigma».
Sobre el borde aterrizaron rocas del tamaño de una casa pequeña. La mayor, de unos 13 por 9 por 3 metros, ha quedado encaramada en el borde sur del cráter. Es algo más grande de lo que predice la regla de escala habitual para cráteres, aunque dentro de su margen. La mayoría de los demás bloques grandes cayeron cerca, dentro de la zona que cubre un manto continuo de eyecta, los escombros lanzados fuera del cráter.
El impacto dejó la pizarra casi en blanco. El terreno antiguo estaba plagado de cráteres, y el equipo los contó en imágenes tomadas antes del choque. Dentro del manto de eyecta, solo sobrevivieron cinco de los 103 cráteres pequeños, de entre 6 y 12 metros. A los más grandes les fue algo mejor, pero todos los supervivientes están muy desgastados. Uno de los mayores cráteres previos estaba justo donde hoy se alza el borde sur, y no queda ni rastro de él.
Las huellas más tenues son las que más lejos llegan. ¿Sabes qué? Un agujero del tamaño de un par de campos de fútbol alteró la superficie lunar a más de 120 kilómetros. Son cambios sutiles, de alrededor de un 1 % en el brillo, demasiado débiles para verse en una sola foto. Para encontrarlos, el equipo apiló cientos de imágenes de gran angular de antes del impacto y decenas de después, y comparó las medias. Una zona más brillante se extiende unos 15 kilómetros, y otra más oscura y discontinua llega mucho más lejos, a más de mil veces el radio del cráter. En algunos puntos la alteración tiene una textura delicada, como de encaje. Los autores proponen que los grumos de escombros se separaron durante sus largos vuelos y que cada uno removió la capa de polvo superficial al caer, como un puñado de grava lanzado sobre nieve recién caída.
Una cresta debería haber frenado la rociada, y no lo hizo. Se cree que esas zonas lejanas nacen del llamado «jetting», un chorro de material a altísima velocidad y casi a ras de suelo que sale en el primer instante del choque. Según la idea más aceptada, esas partículas salen disparadas con ángulos de menos de 2 grados. Pero a unos 8 kilómetros al oeste de McGetchin se levanta una cresta unos 700 metros más alta que el cráter. Detrás, en la llanura de lava de su base, la superficie sigue siendo hasta un 2,5 % más oscura que antes del impacto, igual de alterada que otros puntos a la misma distancia. Te lo explico: para salvar esa cresta, el material tuvo que salir con ángulos más empinados de lo que permite el modelo de manual. Los investigadores barajan varias explicaciones, como un proyectil alargado, choques con el gas que escapaba y dispersó las partículas, o dos regímenes de expulsión distintos. No se decantan por ninguna.
Queda mucho del impacto sin explicar. La cifra de una vez cada 132 años sale de modelos sobre la frecuencia con que las rocas espaciales golpean la Luna, no de un registro largo de observaciones. El equipo no sabe si el proyectil era un fragmento de cometa o de asteroide. Buscaron señales de que entró con un ángulo rasante, como un cráter ovalado o una cuña sin escombros en la eyecta, y no las encontraron, aunque varios rasgos se alinean en una misma dirección. El origen de la lengua sigue abierto, igual que el de unas pequeñas manchas oscuras cuesta abajo de algunas rocas, para las que hay al menos tres explicaciones en competencia. El mapa de relieve previo al impacto es además mucho más basto que el nuevo, así que las pequeñas diferencias lejos del borde pueden ser simple ruido. Y la propia historia del «jetting» se apoya en procesos que, como escriben los autores, todavía se entienden «mal».
Los investigadores quieren que alguien vaya a verlo. Sostienen que un vehículo explorador en McGetchin enseñaría muchísimo sobre cómo se forman los cráteres y cómo refleja la luz el suelo lunar recién removido. También ayudaría a entender los «puntos fríos» que aparecen alrededor de los cráteres jóvenes, zonas que de noche están más frías que su entorno. Y como se conoce la fecha de nacimiento del cráter casi al mes, cada visita futura mediría lo rápido que envejece la superficie de la Luna. Mientras tanto, la sonda sigue con sus fotos mensuales. Puede que el próximo cráter nuevo ya esté ahí, esperando a que alguien se fije.
Fuente: Robinson, M. S., Boyd, A. K., Mahanti, P., Manheim, M. R., Speyerer, E. J., Stopar, J. D., et al. «A new 222-m diameter lunar crater». Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.aeh7812








