Deja una manzana en la encimera un par de semanas y verás cómo se le arruga la piel. La pulpa se seca y encoge, y la cáscara, que no tiene adónde ir, se pliega. Mercurio lleva unos cuatro mil millones de años haciendo algo parecido. A medida que su interior se enfriaba, el planeta se contraía, y la corteza rocosa de encima se agrietaba y se levantaba en las largas crestas y acantilados que todavía surcan su superficie.
La pregunta es cuánto. Los estudios anteriores sobre cuánto encoge Mercurio se dividían en dos bandos: uno concluía que su radio se había reducido como mucho unos 2 kilómetros; el otro lo situaba cerca de los 7. Un nuevo análisis, que usa aprendizaje automático para medir decenas de miles de tramos de crestas, cae cerca del extremo alto. El radio de Mercurio se redujo al menos 6,3 kilómetros, según Adrien Broquet, del Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona y ahora en el Instituto de Investigación Espacial del Centro Aeroespacial Alemán, en Berlín, y J. C. Andrews-Hanna, de la Universidad de Arizona, que publican el trabajo en la revista Journal of Geophysical Research: Planets.
La discusión gira en torno a las crestas pequeñas. Las formas de acortamiento de Mercurio son de varios tipos. Los escarpes lobulados y las crestas de gran relieve son los gigantes: a menudo superan el kilómetro de altura y recorren entre 100 y 1.000 kilómetros. Las crestas arrugadas (wrinkle ridges) son más bajas, más cortas y más sinuosas, y aparecen sobre todo en las llanuras volcánicas lisas. Suman, además, cerca del 88 % de toda la longitud cartografiada. El bando de las cifras bajas las considera rasgos someros y locales, sin nada que decir sobre un apretón a escala planetaria. Si se quitan, el nuevo análisis obtiene apenas 1,2 kilómetros de contracción, casi lo mismo que ese bando. Si se dejan, la cifra se dispara.
Una red neuronal aprendió dónde empieza y dónde acaba cada cresta. El equipo partió de un catálogo reciente con 9.845 formas de acortamiento que suman unos 500.000 kilómetros. Troceó cada cresta curva en tramos rectos, 53.085 en total, y extrajo perfiles de altura perpendiculares a cada tramo cada kilómetro, hasta 70 kilómetros a cada lado, para luego promediarlos. Ese paso elimina cráteres pequeños y otro ruido. Lo difícil viene después. Para saber cuánto mide una cresta hay que saber dónde empieza y dónde termina, y el terreno de fondo de Mercurio es de todo menos llano. Así que los investigadores entrenaron una red neuronal, un tipo de programa de aprendizaje automático que aprende patrones a partir de ejemplos, con 88 perfiles revisados a ojo. Después, la red marcó los bordes de todas las crestas del planeta. Sus alturas coinciden de cerca con las mediciones hechas a mano, según escriben los autores.
El viejo atajo se quedaba corto. Los estudios anteriores medían un grupo limitado de crestas, calculaban qué altura suele tener una cresta según su longitud y aplicaban esa proporción al resto. El problema es que los mapas parten las crestas largas en muchos trozos, por la erosión, por los impactos de cráteres o simplemente por cómo se dibujaron. Un trozo corto de una cresta grande sigue siendo alto, pero la proporción lo trata como si fuera pequeño. Al medir cada cresta directamente, el equipo vio que las proporciones clásicas infravaloraban la deformación total del planeta entre un 15 % y un 30 %. La altura y la longitud de las crestas apenas guardan relación, y los autores advierten de que esas proporciones deben aplicarse a los grandes catálogos «con cautela, si es que se aplican».
Algunas arrugas son solo el eco de un pliegue mayor. Imagina que empujas un mantel sobre la mesa. Sale un pliegue grande y, en sus laderas, unas cuantas arruguitas, todas del mismo empujón. Si cuentas cada arruguita como un pliegue aparte, exageras la fuerza con la que empujaste. El catálogo de Mercurio tiene el mismo problema, así que el equipo trazó una caja de 50 kilómetros de ancho alrededor de cada cresta y, cuando varias crestas paralelas se amontonaban, se quedó solo con la más larga. Contándolo todo salen 8,3 kilómetros de contracción. Con el recuento estricto, 6,3, un 20 % menos. La verdad es que la cifra prudente es la que más impresiona. Incluso sin los duplicados, el viejo terreno lleno de cráteres registra por sí solo unos 6,6 kilómetros, muy por encima de los 1,2 que salen si se ignoran las crestas arrugadas.
Las llanuras jóvenes y las tierras viejas se comprimieron más o menos igual. Las crestas arrugadas abundan mucho más en las llanuras lisas que en el terreno de cráteres, y aun así la deformación registrada en ambos es parecida. El número de crestas, por lo visto, no sirve para medir cuánto se acortó la corteza. El mapa, eso sí, es muy desigual. Unas franjas orientadas de norte a sur muestran una corteza acortada casi un 1 %, mientras que zonas al este y al oeste de la enorme cuenca de impacto Caloris apenas muestran nada. Algunos de esos huecos tranquilos son, sin más, cuencas más jóvenes que borraron la geología anterior. Las crestas arrugadas de Mercurio miden además unos 350 metros de media, frente a unos 200 en la Luna y unos 100 en Marte, algo que según los autores podría reflejar que Mercurio se contrajo más.
La mayor parte del encogimiento llegó con prisas. Las superficies más antiguas deberían acumular más deformación, porque han vivido más tiempo de contracción. Con recuentos de cráteres para fechar distintas zonas de la corteza, el equipo vio que el radio de Mercurio se redujo unos 4 kilómetros entre hace unos 4.100 y 4.000 millones de años. Eso equivale a unos 40 metros por cada millón de años. Después, el ritmo cayó a cerca de una cuarta parte y luego se estancó. Incluso las superficies más jóvenes registran unos 5 kilómetros de contracción desde hace 3.700 millones de años, pero a un ritmo medio más de diez veces más lento que el del pulso inicial. Marte muestra un estallido parecido, señalan los autores, solo que más tarde, entre hace unos 3.570 y 3.400 millones de años.
Un corazón de hierro que se congela pudo pisar el freno. Aquí está la clave: un planeta que se enfría no debería aflojar de repente. Una de las explicaciones que plantean los autores es que el núcleo interno sólido de Mercurio empezó a crecer por entonces. Cuando el hierro fundido se solidifica sobre el núcleo, libera calor, y ese calor extra frenaría el enfriamiento y, con él, el encogimiento. Unas intensas huellas magnéticas de edad parecida, conservadas en la corteza, podrían respaldar esa fecha. Pero es una interpretación que encaja con la curva, no algo que los datos demuestren, y los autores citan otras candidatas, como episodios de vulcanismo o un frenazo temprano en la rotación del planeta. La rápida contracción inicial choca además con algunos modelos que predicen que Mercurio seguía expandiéndose hasta hace unos 3.900 millones de años.
Las cifras arrastran una incertidumbre real. El mapa de relieve que usó el equipo tiene píxeles de unos 665 metros, y eso difumina las crestas, que parecen más bajas y anchas de lo que son. Por eso, escriben los autores, todas sus estimaciones deben entenderse como «límites inferiores». Parte del encogimiento pudo además absorberse sin fallas, por ejemplo cerrando poros de la corteza. En sentido contrario, los resultados dependen de supuestos. Cambiar la inclinación supuesta de las fallas bajo las crestas dentro de un margen razonable mueve el resultado en torno a un 20 %, y variar el tamaño del área con la que se promedia la deformación lo deja entre 5,3 y 7,6 kilómetros. Las edades basadas en cráteres dependen del modelo de datación elegido, que puede diferir en más de 200 millones de años, y las superficies de más de unos 4.050 millones de años o de menos de 3.800 son demasiado escasas para estimaciones fiables. El método para eliminar crestas duplicadas es puramente geométrico, no un mapa geológico detallado.
Ya hay en marcha un segundo artículo y un mapa más grande. En un estudio complementario, los mismos autores usan la gravedad y el relieve de Mercurio para comprobar cómo la flexión de su capa exterior suma o resta a lo que cuentan las crestas. Concluyen que cambia el panorama local, pero no la media global. Mientras tanto, un nuevo catálogo en preparación añade unos 100.000 kilómetros de crestas recién identificadas, casi todas pequeñas, y los autores no esperan que alteren sus conclusiones. La prueba de verdad puede llegar con datos de relieve más nítidos, que dirían si las arrugas de Mercurio son aún más altas de lo que deja ver esta imagen borrosa.
Fuente: Broquet, A., y Andrews-Hanna, J. C. «Mercury’s tectonic and geodynamic history: 1. Contractional tectonic landform analysis and tectonic strain using machine learning». Journal of Geophysical Research: Planets, 131, e2025JE009584 (2026). DOI: 10.1029/2025je009584








