¿Cuánto veneno deja realmente un tanque destruido en la tierra que lo rodea? Un año después de la explosión que lo reventó, el suelo alrededor de un blindado calcinado en el este de Ucrania había cambiado de color, tenía la estructura suelta y olía mal. Ese anillo de tierra alterada es donde un equipo de científicos del suelo ucranianos y eslovacos decidió empezar a cavar, con permiso y protección de las Fuerzas Armadas de Ucrania, en una zona donde los combates seguían activos.
El equipo tomó muestras justo debajo de los restos de tres vehículos abandonados en el distrito de Bohodujiv, en la provincia de Járkov: un tanque T-72B3, un T-80 y un lanzacohetes termobárico TOS-1 «Solntsepek». Las muestras de control se recogieron en terreno intacto a menos de cincuenta metros de cada resto, en los mismos suelos negros y profundos que hacen de la región una de las mejores tierras de cultivo de Europa. Los resultados se publicaron el 4 de octubre de 2024 en la revista Land.
Lo peor fueron las lecturas de plomo. En la tierra raspada bajo la panza del T-72B3, el plomo llegaba a casi 39 veces la concentración máxima que permite la normativa ucraniana, y el cadmio y el zinc también rebasaban el techo legal en lugar de quedarse simplemente altos. Ordenados por la carga que cada resto dejó en el suelo, el plomo iba primero, luego el zinc, después el cadmio y por último el cobre. El azufre móvil, que los autores atribuyen al calor del incendio y a compuestos del combustible del tanque, subió con fuerza en todos los puntos sin cruzar su propio umbral legal, una reserva que advierten que podría desbordarlo con el tiempo.
La prueba más clara del daño la dieron los seres vivos. Cuando se colocaron lombrices de compost (Eisenia fetida) en tierra tomada del epicentro, el 94,9% murió en cinco días, mientras que en el suelo de control no murió ni una. Las semillas contaron lo mismo: el rábano (Raphanus sativus) y el berro (Lepidium sativum) no germinaron en absoluto en las muestras del epicentro, y las que sí brotaron a dos metros salieron raquíticas y con la raíz arruinada.
La zona muerta es brutal pero estrecha. La toxicidad era total hasta metro y medio del punto de impacto, las plantas pioneras empezaban a reconquistar el terreno entre metro y medio y cuatro metros y medio, y más allá de los cinco metros los investigadores no encontraron fitotoxicidad alguna, sino vegetación variada. Dicho de otro modo, cada vehículo calcinado esteriliza un trozo de campo del tamaño de un dormitorio pequeño y deja el resto de la parcela aparentemente intacto.
El tipo de motor cambió el resultado. Las dos máquinas de gasóleo, el T-72B3 y el lanzacohetes TOS-1, causaron el mayor daño químico, mientras que el T-80, que monta una turbina de gas, dejó una marca comparativamente más leve. El lanzacohetes produjo además la lectura más rara de todo el muestreo, un contenido de materia orgánica que los autores dicen no encontrarse prácticamente nunca en suelos ucranianos en condiciones naturales, señal de la naturaleza química de lo que llevaba dentro cuando estalló.
Bajo tierra, la comunidad microbiana se reorganizó alrededor de la chatarra. Los micromicetos, los hongos microscópicos del suelo que prosperan con los hidrocarburos, se multiplicaron con fuerza en el epicentro mientras la diversidad microbiana general se hundía frente a la del barbecho vecino. Las bacterias que se adaptan al estrés aumentaron, las que mineralizan nitrógeno retrocedieron, y el dióxido de carbono que sale de la tierra quemada dejó de acompañar a la biomasa microbiana como hace en un suelo sano, lo que sugiere que buena parte de ese gas ya no es la firma de una vida microbiana normal.
El retrato sale de un puñado de cráteres, no de una guerra entera. Tres vehículos destruidos en un solo distrito son una muestra pequeña y sin repetición, y el diseño compara puntos envenenados con puntos limpios cercanos, no demuestra qué compuesto provocó cada efecto. Los autores son claros sobre el hueco en el que trabajan: el comportamiento de la mayoría de estas sustancias en los suelos ucranianos está poco investigado y para varias de ellas ni siquiera existe un límite regulatorio fijado, lo que deja algunas de estas cifras sin un estándar con el que compararlas.
Lo que más preocupa a los autores es el registro. La chatarra se va retirando de los campos de batalla sin que nadie anote dónde ardió cada vehículo, así que los focos desaparecen de la vista mientras los metales se quedan en el suelo, en terreno que en su mayoría es agrícola. Su recomendación es que esos puntos se cartografíen y se vigilen antes de que alguien vuelva a sembrar sobre ellos.
Fuente: «Soil Degradation and Contamination Due to Armed Conflict in Ukraine», publicado en Land el 4 de octubre de 2024. DOI: 10.3390/land13101614








