Un agujero del ancho de la yema de un dedo no parece gran cosa. Este atraviesa de lado a lado un omóplato que lleva unos 75.000 años bajo tierra. Tiene los bordes lisos, el contorno es casi un círculo perfecto y de él salen grietas en abanico, como las de un parabrisas roto. Los huesos rara vez cuentan cómo murió alguien. Este se acerca bastante.
El omóplato perteneció a un neandertal al que hoy se conoce como Shanidar A, un adulto de edad avanzada cuyos restos se excavaron en la cueva de Shanidar, en el Kurdistán iraquí, en 2019 y 2022. Emma Pomeroy y sus colegas explican en la revista Scientific Reports que el agujero lo hizo, con toda probabilidad, una lanza, y seguramente de madera, clavada en torno al momento de la muerte. El mismo esqueleto guarda las huellas de una lesión anterior en la boca a la que el individuo sobrevivió durante un tiempo. Y el cuerpo se depositó en un lugar donde otros neandertales fueron colocados uno tras otro, lo que convierte a este neandertal de Shanidar en parte de uno de los enterramientos más discutidos de la evolución humana.
La cueva ya tenía fama. En 1960, el equipo de Ralph Solecki encontró allí un grupo muy apretado de restos neandertales, entre ellos el individuo conocido como Shanidar 4, el célebre «enterramiento de las flores». La idea de que alguien esparció flores sobre el cadáver ha recibido muchas críticas y no ha resistido el escrutinio. Las nuevas excavaciones, iniciadas en 2015, sacaron a la luz más individuos justo al lado de los hallazgos antiguos. Con Shanidar A, el grupo suma ya al menos cinco, apiñados en un espacio de 1,5 metros de largo, 1 de ancho y 1 de profundidad. No es mucho más que una bañera. Todos yacían justo detrás de una gran roca caída del techo de la cueva, que debía de sobresalir del suelo como un hito.
Shanidar A fue el primero en llegar. Sus huesos estaban unos 15 centímetros por debajo del pecho de otro neandertal, Shanidar Z, y son los más antiguos de la secuencia. Lo que se conserva es parcial: una mano derecha casi completa, tres costillas, el omóplato izquierdo y seis dientes delanteros muy desgastados. Un séptimo diente, una muela con mucho menos desgaste, apareció debajo del omóplato y seguramente era de otra persona. El desgaste de los dientes apunta a unos 45 años, una edad avanzada para un neandertal. Con las piezas que quedan no se pudo determinar el sexo.
Una riada revolvió las pruebas. El cuerpo se colocó en un cauce poco profundo y seco, y los sedimentos lo cubrieron en parte poco después. Mucho más tarde, cuando ya no quedaba carne, una crecida rápida y cargada de piedras arrasó la zona y se llevó la mayor parte del esqueleto. La mano se salvó porque la roca la protegía. Los dientes sueltos fueron arrastrados hasta quedar atascados contra las costillas, igual que la madera que flota se amontona contra una piedra. Aquí está la clave: ese atasco es una de las razones por las que los autores creen que dientes y huesos son de la misma persona. Los investigadores no hallaron mordeduras de carnívoros, daños de roedores ni marcas de corte.
El agujero no es una madriguera ni una raíz. El equipo extrajo el omóplato en un solo bloque, con la arena de debajo, y lo escaneó con microtomografía computarizada, una forma de TAC de alta resolución que reconstruye en 3D estructuras diminutas. Ningún túnel de insecto ni raíz del tamaño adecuado atravesaba el orificio. Sus bordes tienen las mismas manchas minerales que el resto del hueso, así que el daño no es reciente. Y no hay rastro de curación, ni hueso nuevo creciendo alrededor. Lo que lo produjo ocurrió en torno a la muerte o después.
El hueso se rompió de delante hacia atrás. En la cara posterior del omóplato, el borde del agujero está biselado, la señal clásica de un orificio de salida. Las grietas que irradian hacia fuera son típicas de un hueso que aún estaba fresco al romperse. Bajo el agujero, enterradas en la arena, los escáneres detectaron al menos cuatro pequeñas esquirlas. Una de ellas encaja de nuevo en el hueco, y lo confirma una tenue cresta muscular que continúa del omóplato a la esquirla. Los autores concluyen que un arma entró por el lado izquierdo del pecho mientras la persona miraba al frente. Habría atravesado los pulmones y quizá grandes vasos sanguíneos, y la muerte llegó probablemente rápido.
La forma redonda delata la madera. En los experimentos, las armas con punta de piedra suelen dejar agujeros ovalados o en forma de rombo, con bordes estrechos. Una lanza de punta redondeada de madera deja un círculo, que es justo lo que muestra Shanidar A. Heridas muy parecidas aparecen en omóplatos de animales cazados en la Edad de Piedra, y a menudo se interpretan como un «tiro al corazón» para abatir a la presa cuanto antes. Se conocen lanzas de madera en Clacton-on-Sea, en Inglaterra, y en Schöningen, en Alemania, pero la madera casi nunca se conserva en yacimientos como Shanidar. Así que este agujero es una prueba rara, aunque indirecta, de que los neandertales de allí usaban armas de madera. En cambio, un corte en la costilla de otro neandertal de la cueva, Shanidar 3, que vivió unos 25.000 años después, se ha atribuido a un arma con punta de piedra.
Mucho antes, esta persona sobrevivió a un golpe en la boca. Uno de los dientes delanteros inferiores se partió a lo largo y perdió la mitad. La verdad, lo más llamativo es lo que pasó después. La superficie rota, y las caras de alrededor, se cubrieron de capas gruesas de sarro, o cálculo dental, la placa endurecida que se acumula en los dientes. El borde de mordida siguió desgastándose y puliéndose a través de esa costra. Eso significa que el diente destrozado se quedó en la boca y siguió masticando durante bastante tiempo. La lesión probablemente torció también los incisivos vecinos. Un golpe fuerte en la cara, por una caída contra la roca o a manos de otra persona, es una explicación plausible, escriben los autores.
Alguien probablemente cuidó de esta persona. Una herida que destroza la parte delantera de la mandíbula habría convertido comer, hablar y pasar el día en algo doloroso durante mucho tiempo. Los investigadores sostienen que recuperarse pudo exigir la ayuda de otros, durante la curación y quizá después. Es un detalle discreto dentro de una historia violenta. Y encaja con un patrón más amplio: neandertales y primeros humanos modernos se rompían huesos a menudo, y muchos sobrevivían.
El lugar del enterramiento parece elegido. El estudio descarta que el grupo fuera una cuadrilla que se acurrucó detrás de la roca y murió de frío a la vez. Los cuerpos llegaron en ocasiones distintas, con capas de sedimento entre algunos de ellos, y el polen y los suelos indican un clima suave en aquella época. Varios individuos se depositaron antes de que el cuerpo anterior se descompusiera del todo, así que el conjunto se formó seguramente en el plazo de unas pocas generaciones. El uso repetido de un espacio tan pequeño, escriben los autores, es «difícil de explicar salvo como un comportamiento intencional y pautado». En el caso de Shanidar A, eso sugiere también cuidados durante la muerte y justo después.
Muchas preguntas siguen fuera de alcance. Los autores reconocen que, en principio, los huesos podrían pertenecer a más de una persona. No se puede saber si la lanzada fue un accidente de caza o un acto de violencia entre individuos, y la violencia entre grupos neandertales, o con humanos modernos, nunca se ha demostrado en Shanidar. La lanza de madera se deduce de la forma de la herida, no se ha encontrado. A diferencia de Shanidar Z, Shanidar A no muestra una fosa excavada alrededor del cuerpo. Y el vínculo entre la lesión facial y los cuidados de otros es una interpretación, no algo que los huesos registren directamente.
Las próximas pistas pueden estar en un museo. Los restos de 1960 se guardan hoy en el Museo de Irak, en Bagdad, y el equipo quiere comprobar si algunos de los huesos nuevos pertenecen a individuos que Solecki ya describió. Además, experimentos de tafonomía forense, la disciplina que estudia qué le pasa a un cuerpo tras la muerte, están probando si un agujero como este exige un impacto a gran velocidad. Si la respuesta es sí, la frontera entre un accidente y un ataque en Shanidar podría verse un poco más nítida.
Fuente: Pomeroy, E., Hunt, C. O., López-Polín, L., Sala, N., Pantoja-Pérez, A., Holman, J., et al. «Evidence for funerary behaviour and lethal trauma in a new Neanderthal individual from Shanidar Cave». Scientific Reports (2026). DOI: 10.1038/s41598-026-69193-z
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