¿Por qué una mujer joven, sana y sin ningún factor de riesgo conocido puede desangrarse justo después de dar a luz? Durante décadas, la respuesta se buscó en la sangre. Los genes señalan al músculo.
La hemorragia posparto aparece en más de uno de cada diez partos y sigue siendo la primera causa de muerte materna en el mundo, y aun así su biología continuaba a oscuras. Los datos genéticos de más de 300.000 mujeres de seis biobancos nacionales del norte de Europa, publicados el 22 de julio de 2024 en la revista Nature Genetics, situaron detrás de ella cinco puntos concretos del genoma humano. De unos 18 millones de posiciones de ADN comparadas, solo esas cinco destacaron, y los genes que parecen gobernar (HAND2, TBX3, RAP2C y FRMD7) no se habían relacionado nunca con esta complicación.
Las cinco señales estaban donde manda la progesterona. Ninguna de las cinco variantes cambia una proteína de forma directa. Todas caen dentro de un potenciador, un tramo de ADN que funciona como el mando de volumen de un gen situado en otro sitio. Cuando los investigadores miraron qué proteínas se acoplan justamente ahí, los receptores de progesterona aparecieron mucho más de lo que permitiría el azar. Los tejidos que se iluminaron en el análisis fueron el endometrio, el revestimiento interno del útero, y el músculo liso.
La progesterona mantiene el útero en calma, que es justo el reflejo equivocado tras el parto. Durante todo el embarazo, la progesterona relaja el miometrio, la capa de músculo liso que genera las contracciones, y evita que expulse al feto antes de tiempo. Minutos después del nacimiento, ese mismo músculo tiene que convertirse en el torniquete. Se cierra sobre la zona en carne viva donde estaba pegada la placenta y estrangula los vasos abiertos. Si no lo consigue, la hemorragia no se detiene sola. La atonía uterina, la incapacidad del útero para contraerse después del parto, está detrás de alrededor del 70% de los casos, y el resto se lo reparten los restos de placenta, los desgarros y los trastornos de la coagulación. El mapa genético sugiere que en algunas mujeres el freno hormonal cuesta más de soltar.
Los genes de la coagulación no aparecieron por ninguna parte. Los estudios previos se habían concentrado casi por completo en la cascada de la coagulación, con el receptor de oxitocina como otro sospechoso habitual. Ninguno de los dos figura entre los cinco loci. Las mujeres con trastornos de coagulación diagnosticados quedaron fuera del análisis, así que lo que el estudio describe es la hemorragia que le ocurre a quien no tiene ningún motivo aparente para sangrar, que es también la que se le escapa a las escalas de riesgo actuales.
Los bebés grandes y los embarazos largos dejan un músculo demasiado estirado. En el plano genético, el riesgo de hemorragia viajaba junto al peso al nacer y a la duración de la gestación, y se movía en sentido contrario al de los miomas uterinos. Tanto los miomas como la endometriosis, que comparten territorio genético con dos de los cinco loci, se tratan ya con fármacos que actúan sobre el receptor de progesterona. Un útero estirado más y durante más tiempo, razonan los autores, lo tiene más difícil para contraerse una vez vacío.
El sangrado del principio y el del final resultaron ser desconocidos entre sí. El sangrado leve de las primeras semanas de embarazo no dio ninguna señal genética y no mostró solapamiento alguno con la hemorragia posterior al parto. Con lo que sí correlacionaba era con una mezcla dispersa de rasgos reproductivos, cardiovasculares, socioeconómicos y psiquiátricos, el trastorno de estrés postraumático entre ellos. Los autores interpretan ese patrón como una condición muy poligénica, ligada al estado de salud y a las circunstancias de cada mujer, un problema distinto con un nombre parecido.
Conocer los genes no es todavía saber quién va a sangrar. Cuando añadieron una puntuación de riesgo genético a un modelo clínico corriente, construido con la edad, el índice de masa corporal, los partos previos y las cesáreas anteriores, la capacidad del modelo para acertar quién sangraría pasó de 0,60 a 0,61, en una escala donde 0,50 equivale a lanzar una moneda. Eso es un error de redondeo, no una prueba diagnóstica. El valor del hallazgo está en la biología que destapa, no en la predicción que hoy permite.
El estudio señala una vía sin demostrar el mecanismo. Un rastreo del genoma como este es observacional: enseña que ciertas variantes de ADN viajan junto a la enfermedad, no que la causen. Los genes diana se dedujeron de mapas regulatorios, no se confirmaron en el laboratorio. El efecto parecía transmitirse a través del genoma de la madre y no del bebé, aunque los autores advierten de que no pudieron descartar del todo una contribución fetal. Y las seis cohortes proceden de países del norte de Europa con sanidad universal, mientras que las muertes por hemorragia posparto se concentran de forma abrumadora en las mujeres de los países pobres, una limitación que los propios autores señalan.
Lo que hace que el resultado merezca seguimiento es que los fármacos dirigidos al receptor de progesterona ya existen y ya se recetan para otras dolencias uterinas. Y la necesidad clínica está muy definida: una revisión reciente de los modelos de predicción de la hemorragia posparto encontró que casi la mitad se apoyan en información que solo aparece después del parto, es decir, cuando ya no da tiempo a prepararse.
Fuente: Westergaard D, et al., «Genome-wide association meta-analysis identifies five loci associated with postpartum hemorrhage», publicado en Nature Genetics el 22 de julio de 2024. DOI: 10.1038/s41588-024-01839-y
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